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Licenciado en Educación - Historia por la UNMSM y diplomado en Estudios Musicológicos Peruanos por el Conservatorio Nacional de Música. Estudios de Musicología en el Conservatorio y en la Universidad de Ginebra. Publicaciones: - El Misterio del Cóndor - Método de Guitarra Andina Peruana - Diversos artículos en revistas y periódicos. Conferencia Magistral sobre El Cóndor Pasa… en el VI Congreso Internacional de Peruanistas en el Extranjero. Georgetown University (ATP) Y diversas conferencias en el país. Actualmente está enfocado en investigar la historia de la música popular en la ciudad de Lima.

domingo, 6 de octubre de 2019

LUIS PARDO SINCONEGA

Luis Abelardo Pardo Sinconega: Un músico peruano olvidado

Luis Abelardo Pardo Sinconega
"Cascabel" 25.04.1936

           Luis Abelardo Pardo Sinconega, fue un músico peruano, nacido en Chiquián. Fue un guitarrista de notable actuación en las décadas de 1930 y 940. Fue hijo del “gran bandido” Luis Pardo Novoa. Integró el “Conjunto Típico Peruano” que formó y dirigió Esta Alba, cantante tan poco conocida como nuestro personaje.

                El seminario “Casacabel” lo entrevistó en el mes de marzo de 1936. Es esa entrevista Luis Pardo hijo, esbozó una historia de su padre. Este relato no ha sido incluido en la amplia literatura que existe sobre luis Pardo padre. Lo reproducimos íntegramente para nuestros lectores. 


HE AQUÍ RELATADA POR SU HIJO LA HISTORIA DE LUIS PARDO, EL BANDIDO ROMÁNTICO CONVERTIDO POR LA LEYENDA EN HÉROE POPULAR

SI durante la agitada vida de Luis Pardo nunca se tuvo una visión definida de su verdadera personalidad, ya que la gente, las autoridades y los órganos de prensa de la época, no hicieron otra cosa que deformar caprichosa y atrozmente la figura del célebre bandolero, es de imaginarse como fecundizaron las leyendas en la fantasía popular, después de su muerte y con el correr de los años.

Así Luis Pardo, por la voluntad general, quedó convertido en un personaje de folletín, actor de un enjambre de historias a cual más contradictorias. Mientras para unos fue un hombre carente de sentimientos nobles, vulgar salteador de caminos y asesino despiadado y cobarde; para otros, Pardo, al margen de la ley por la injusticia de los hombres, fue siempre, pese a lo que en contrario se decía, un bandido bondadoso y caritativo —si cabe la paradoja— disculpado de sus atentados contra la propiedad porque eran en beneficio de los pobres; y de las muertes que se le achacaban, porque habría sido en defensa propia o por castigar alguna maldad.

Pero lo cierto es que en todos los casos, sea designado como un ser depravado y nacido sólo para hacer el mal, o como una víctima de las circunstancias, impelido a proceder al otro lado de las leyes, es que nadie hasta hoy ha podido establecer probadamente lo que fue Luis Pardo.

Bien pueden llegar muchos a la conclusión de que perseguido por las autoridades y acusado de infinidad de crímenes, Pardo encajaba perfectamente dentro de lo que significa bandolero. Sin embargo, nada o muy poco de su historial delictuoso, fue comprobado, como se deduce del mismo confusionismo de ayer y hoy, en lo que respecta a los hechos y personalidad de Luis Pardo.

                Si fuera posible juzgar a los hombres a través de las leyendas y de esas historias que no tienen mayor fundamento ni otro origen que la caliente imaginación de la gente, forzoso sería hacer un balance de opiniones. Y en este caso, Pardo hubiera resultado favorecido, pues más eran los que lo alababan como hombre generoso y de buen corazón, que los que lo criticaban como enemigo de la sociedad.

                Juzgando también por las leyendas, puede considerarse una razón de peso, para rehabilitar en algo a un desgraciado que vivió, fuera de la ley, con alma de desalmado, su tolerancia con sus perseguidores. Situándose en un plano justo, no podría habérsele exigido a ese Luis Pardo, acosado por todas partes, como fiera que se estuviera mano sobre mano, sin defender su vida, constantemente amenazada. Sin embargo, parece que Pardo no fue implacable con sus perseguidores y adversarios. Por el contrario, se cuenta en muchas ocasiones, cuando la suerte no le volteó la espalda en sus combates y escaramuzas, les hizo merced de la vida, con toda la elegancia y generosidad del que se sabe hombre valiente y leal.

                Difícil, pues, por no decir  imposible, situarlo fuera de la leyenda. Siempre será un personaje discutido y de tradición. Luis Pardo, con toda su importancia política y regional, con todo su valor de insurgente, no debe alcanzar un puesto en la historia de su país. Para la justicia de su pueblo sólo debió ocupar un rincón en la oscura historia de la delincuencia.

                Pero esta vez, la historia está escrita en la memoria popular que no sabe de historia. –El pueblo se ha empeñado en condensar todos los aspectos de la azarosa existencia de Luis Pardo, en una de las figuras de mayor relieve criollo. Y es que también este bandolero tuvo su lado romántico: fue fervientemente admirado por las mujeres y amigo de las aventuras amorosas. Era capaz de meterse en la boca del lobo, si sabía que en ella las guitarras y las palmas dejaban oír unas marineras. Muchas veces, cuando dedicado a la diversión olvidaba su triste situación de perseguido eterno, se veía obligado a salir disparado, a uña de caballo, mientras que unos tiros de fusil le daban atronadora despedida de intenciones trágicas.

LOS PARIENTES

                Mil recuerdos pintorescos y anécdotas viven en la memoria de los que conocieron a Luis Pardo. Pero pocos, ninguno, puede precisar toda la trayectoria de su vida. Puede ser que concentrados en el personaje únicamente, o ensimismados en la fama de sus delitos, no han dado importancia a la vida privada del bandolero. Los bandoleros como los hombres públicos, no tienen vida privada. Quizás, por lo demás no haya sido falta de consecuencia sino de conocimiento, pues Luis Pardo fue bastante celoso en asuntos familiares.

                Producido el final quedaron parientes y descendientes directos. Madre, hermanos,  hijos –no tenían la culpa – que sufrieron con igual intensidad las vicisitudes que afrontó Luis Pardo, y que al desaparecer la causa dolorosa, siguieron sufriendo.

LUIS PARDO SINCONEGA

                Un hombre fuerte y bueno, que ha heredado el criollismo de su padre es Luis Pardo Sinconega, mayor de tres hermanos. Lo encontramos en su modesta casita de la calle del Pedregal, donde se dedica en los ratos que descansa del trabajo a la música. Es un buen ejecutante con la guitarra. De vez en cuando, llevado de su cariño por el arte, presta su concurso  para acompañar a aficionados que actúan en la radio.

                En uno de los sitios más visibles de su sala, una orgullosa ampliación de Luis Pardo, revela que el hijo Luis Abelardo, guarda ferviente culto por la memoria del desaparecido.

                -Estoy muy agradecido de la oportunidad que me brindan – nos dice, después de un recibimiento cordial –Crean ustedes que siento verdadera satisfacción de poder expresarlo. Desde hace tiempo, uno de mis más caros deseos, era exponer en alguna forma el sentimiento que nosotros, sus hijos, sentimos por la forma como se trata la memoria de nuestro padre.

                Luis Abelardo Pardo, en efecto parece impresionado. Mira el retrato legendario, como si quisiera comunicarle que va a cumplir con su deber y devolverle el dolor. Después se dispone a atendernos:
–Soy el mayor de tres hermanos. Aurea Beatriz Pardo, muerta, y Aníbal e Isabel Pardo. Tengo 43 años. Y hace algunos que trabajo como chofer en la fábrica Backus y Johnston. Esto habla muy bien de Backus y Johnston.

–Miren ustedes –prosigue– he tenido que estar con mi padre en el lugar de todas sus desventuras: Chiquián. Tendría más o menos 8 años, cuando un buen día, ausente mi padre, mi madre me dijo: “Es necesario que te envíe a la hacienda Pancal. Allí estarás al cuidado de tu abuelita y a tu padre le será más fácil velar por ti”. A la semana, ya estaba instalado en la hacienda. Mi padre, hacía meses que había salido de viaje por los alrededores. Cuando ya me aburría de no verlo, mi abuelita me comunicó una noche que al día siguiente llegaría, acompañado de mi mamá. Esta noticia me causó gran alegría. Ver juntos a mis padres después de tanto tiempo, era la mejor felicidad que podría experimentar. Desgraciadamente, sufrí una terrible sorpresa. Mi padre llego, no acompañado de mi madre. Había raptado a una muchacha, hija de uno de los hacendados vecinos. Según supe después, poco antes de que robara a la muchacha, se había encontrado con el padre en un camino, quien no era gustoso de los amores. Tuvieron un altercado:

–Si pretendes seguir viendo a mi hija, morirás como un perro, como murió tu padre– fueron las terribles palabras del progenitor de la muchacha. El insulto causó peor efecto que un latigazo en pleno rostro. Mi padre encaró su carabina y lleno de rabia contestó: “Quien va a morir como un perro eres tú…”. Pero al momento de apretar el gatillo, se arrepintió. No quiso ser asesino del autor de los días de su amada. Pero en castigo a la afrenta, efectuó el rapto.
–La mujer fue muy cariñosa conmigo. Durante un tiempo, mi padre dio reposo a su agitada vida. Quiso estar lo más feliz posible. Pero por un lado, los frecuentes ataques que era objeto su propiedad de parte de sus numerosos enemigos, entre los que se encontraba el padre de su mujer, y por otro, el estado de ésta, próxima a dar a luz, lo inquietaron hasta el extremo. Fue necesario hacer viaje, para que se atendiera a la  señora en Chiquián, pero en el camino falleció. Esto le produjo enorme desesperación y pesar. Fue entonces que dio rienda suelta a su espíritu andariego y su sed de aventuras.

UNA VEZ EN LIMA

                –Día a día se hacía mayor el encono que muchos tenían contra él. Mi abuela temiendo que de un momento a otro asaltaran la hacienda y dieran muerte a todos, ordenó, felizmente, que me trajeran a Lima, aprovechando del viaje de una de mis tías. 

                Pero yo también llevaba en la sangre algo de su espíritu. Sólo, aguanté unos meses, en casa de los parientes de Lima. Una noche me fugué. Fui a dar a la calle Espalda de Santa Clara, donde una señora, Anselma Montoya, me dio asilo, con todo cariño.

                Disfrutaba de mucha libertad y me hallaba contento cuando de pronto, me cayó la visita de mi tío Scipión. “¡Qué hace cimarrón…”, fue lo primero que me dijo. Yo, alelado, esperaba un reproche. Pero no llegó. “¿Por qué te has salido de donde tu tía? Me preguntó sin mostrar enojo. Tranquilo, sabiendo que no amenazaba tormenta, inventé: “Es que me pegaban mucho…” No dijo más. En cambio noté que conversaba animadamente y en secreto, con la señora Montoya. Varios minutos después, ésta me dijo: “Ponte tu sombrero que vas a acompañar a tu tío a su casa”. Obedecí y nos encaminamos a la calle del General. Durante el camino no conversamos en lo absoluto.

                –Cuando mi tío abrió su puerta, no pude notar nada, porque la habitación estaba mal alumbrada. Pero cuando mi vista se pudo acostumbrar a esa semi-oscuridad, vi en el sillón a un hombre completamente embozado, y como si esto fuera poco, con una gran bufanda alrededor del cuello. “Acércate chiquillo…, no temas, que no te voy a comer”. Mi tío se rió mirándome de una manera que entonces no pude comprender. El hombre me hizo algunas gracias sin importarle mi actitud huraña. Y sacando un sol de una carterita, me mandó a que le trajera dos cervezas. En el trayecto de ida y vuelta pensé que el señor extraño, tenía algo de familiar para mí. Pero no di mucha importancia al asunto: “Será un amigote de mi tío...”.

                –Al entregarle el vuelto, parece que se admiró el señor, pues exclamó: “¿Tan zonzo eres que devuelves los vueltos?... Guárdatelos para caramelos…”

                –Así que acabaron de tomar. Mi tío y el amigo, se despidieron de mí, ordenándome que me acostara. Observé que el desconocido me miraba mucho antes de decidirse a salir. Tampoco di importancia al asunto. Muchos años después recordé el detalle y me quedé tan intrigado que inicié una serie de averiguaciones. Cuando ya comenzaba a desesperar, hace uno ocho meses recién, he venido a saber la identidad del hombre que encontré en la casa de mi tío: era mi padre. No me habían querido enterar porque en esa ocasión, mi padre había venido escondido a Lima, de regreso de un viaje a Chile. Y como andaba estrechamente perseguido, temió que por mis pocos años pudiera, inconscientemente, poner a las autoridades en su rastro.

                –Toda mi vida sentiré no haberle abrazado en ese instante. Fue la última oportunidad que tuve de hacerlo. Pero el destino me negó esta gracia.

                Luis Abelardo, baja la vista para ocultar dos lágrimas, que ha pugnado por contener, en las postrimerías del relato.

EL RETRATO DEL BANDOLERO

                –Otra vez, me escapé, decidido a recorrer el mundo. Niño todavía, trabajé en algunas haciendas: Santa Ana, Callahuanca, Chacra Grande. En esta última, después de una ruda labor, por casualidad encontré, tirado debajo de una máquina, un periódico pasado… Lo primero que vi fue el retrato de mi padre. Estaba con la guitarra en una mano y el sombreo en la otra. Y decía el periódico que las autoridades de todos los pueblos habían recibido orden de matarlo, “para acabar así con el peor de los bandoleros”. Me eché a llorar amargamente hasta que fui sorprendido por algunos peones… ¿Qué tienes...? ¿Qué te pasa…? Sollozando mostré el periódico: “Es mi padre y lo quieren matar…” Todos respetaron mi dolor, tratando de consolarme.

                –Después no tuve el menor dato hasta que me enteré de su trágica muerte.

                –Mucho pasé en mis mocedades. Penas y amarguras sin fin, pero nunca me dejé doblegar. Ni me sentí avergonzado de ser hijo de Luis Pardo. Más bien, en cuanta ocasión podía, me daba a conocer como su hijo.
                –En 1918 fui contratado como jefe de tractores en la hacienda Quípico, cerca de Sayán. Allí capté la estimación de mis jefes y de cuanta persona me conocía. Tuve una sorpresa muy agradable por esos lugares. Cuantos hablaban de mi padre los hacían con mucho respeto y cariño, lo que me enorgullecía.

                –Habiendo ido a Sayán de paseo, hice amistad con un señor Ramírez. Y cuando se enteró de quién era yo, me hizo objeto de un sinnúmero de demostraciones de aprecio. El señor Ramírez corrió la voz por la localidad. Y cuando menos lo pensaba me encontré con una gran fiesta organizada en honor del hijo de Luis Pardo y a la que asistieron infinidad de amigos de mi padre. Nunca me olvidaré de aquel momento tan emocionante ni dejaré de recordar a todos los asistentes.

–Si por un lado tuve goce sin igual, por otro sufrí un incidente terrible. Estando en un pueblo cercano a Sayán, me fue presentado un hombre cuyo nombre no retengo en la memoria. Por lo que me dijo me imaginaba cómo se imaginaba a mi padre: ¿Este va a ser hijo de Luis Pardo…? ¡Ja… Ja… Ja…!! Rió sarcástico. Por un instante estuve a pique de echarme encima al malvado y castigarle como se merecía, pero para su suerte, me contuve: “Si usted me viera con una chaveta en la mano, entonces sí me creería hijo de Luis Pardo…” El hombre cesó de reír. Y prudentemente se fue.

LA PELÍCULA Y LOS PERIÓDICOS

                –Cuando hace unos años se exhibió una película sobre Luis Pardo, no pudo menos que sorprenderme la forma tan ruin y burda como se le trataba. Hablé con el dueño de la cinta, para impedirle que siguiera pasándola en los cines. No me hizo caso. Entonces, de acuerdo con mis hermanos, inicié acción judicial contra Cornejo Villanueva, actor y realizador de la farsa. Por desgracia, la falta de medios económicos nos impidió  conseguir que nuestros derechos prevalecieran.

                –Ahora voy a manifestarles algo que me tiene constantemente contrariado ¿No sería posible que dejaran tranquila la memoria del difunto?

                Que haya sido lo que quiera, pero ya pagó. Dejen reposar sus huesos, aunque sea sólo por respeto a los que han quedado vivos. No pasa una semana sin que la crónica roja de un periódico, compare a mi padre con los peores delincuentes. Si se trata de un salteador no tienen otra cosa que decir: “Émulo de Luis Pardo”. Si de un asesino, lo mismo. Las fechorías de los Arnao, Franco, etc., siempre son aprovechadas por los periodistas policiales para traer a colación el nombre de mi padre.

LA HISTORIA CONTADA POR EL HIJO

                Hemos querido recoger del hijo, la historia de Luis Pardo:

                –No puedo darle datos probatorios y exactos sobre su vida. Pero intentaré recordar todo lo que he sabido por intermedio de mi familia y de algunos amigos que hasta lo último, no perdieron conexión con él.

                –La mayoría de la gente está en la idea que se convirtió en bandolero para vengar la muerte de mi abuelo. Hasta se dice en historietas y canciones. Pero no es así, aunque este hecho influyó mucho en su carácter, es fácil desmentir la creencia, pues mi abuelo, al ser herido, tuvo tiempo de matar al asesino. Además mi padre, cuando esto ocurrió sólo contaba once años y estaba estudiando. Las cosas sucedieron de la siguiente manera:

                –Mi abuelo acababa de ser nombrado subprefecto de Chiquián. Habiendo ido a Llaclla, pueblo cercano a la capital de la provincia, los notables del lugar le ofrecieron un banquete en plena Plaza de Armas. Sus enemigos políticos también se sentaron en la mesa. En el momento del brindis, un grupo grito: ¡Viva Pedro Pardo…! En ese momento, el cura, enemigo acérrimo de mi abuelo, sacó un revólver y disparó, hiriéndole en el pecho. Mi abuelo se tambaleó, pero a su vez, pudo sacar su arma y le pegó un balazo al cura en plena frente, matándolo instantáneamente. Cuatro días estuvo preso mi abuelo en la cárcel de Llaclla. Y cuando le dieron libertad, murió en el camino a Chiquián, a consecuencia de la herida.

                –Mi abuela, con valor a toda prueba se hizo cargo de la hacienda, mandando a mi padre a Huaraz, para que siguiera estudiando, quedándose acompañada de mis tíos Juan, Scipión, Enriqueta y Rosalía.
               
–Me cuentan muchos que mi padre era muy estudioso, figurando siempre entre los más distinguidos de la clase. Durante su época de colegial nunca demostró instintos malos ni mucho menos predisposición para criminal. Al contrario, siempre supo ser justo, medido con sus compañeros y enemigo de la menor injusticia. Tal es así que debido a una de éstas se vio obligado a dejar los libros, abandonando el porvenir brillante que, dadas sus condiciones le auguraban.

                –De regreso a la hacienda de sus mayores, se dedicó a los trabajos de campo, con singular ahínco. Liberó de toda preocupación a su madre y se hizo cargo de todo cuanto concerniera a las propiedades de la familia. Es aquí donde comienza a germinar el odio hacia los demás. Como mi padre desde el primer momento trató de poner orden en los enredos limítrofes con las haciendas, parece que encontró resistencias en los otros hacendados. Y fue el momento en que aparecieron las intrigas y los pleitos  tan comunes en la sierra. Hasta se intentó muchas veces mermar las tierras patrimonio de mi padre, mediante influencias políticas. Pero ni aún así se pudo dominar su carácter altivo. Cuanta acechanza se le tendió, cuanto medio creyeron eficaz los enemigos de nuestra familia, se estrellaron contra su hombría a toda prueba.

REVOLUCIONARIO

                –Las cosas así, rencores y enemistades por todas partes, mi padre, que ya gustaba de intervenir en la política y tenía contactos con los descontentos de la subida de Romaña al poder, recibió cartas de amigos de Lima, instándolo a que reuniera gente y se levantara en armas. No pensó mucho. Y días después, con su propio dinero consiguió una partida de 25 hombres, saliendo a recorrer todos los pueblos cercanos, a fin de hacer propaganda política y buscar adherentes a su misión. Con esto se llevó la fama que más tarde habría de serle fatal. Mi padre, al llegar a cualquier localidad, imponía cupos a los comerciantes ya sea en dinero o en artículos. Enseguida reunía al pueblo para distribuirle todo, sin que su gente tomara siquiera un alfiler. Y así de pueblo en pueblo, siempre recibido con gran algazara por sus vecinos, que ya sabían cómo procedía Luis Pardo. Como es natural, sus adversarios políticos y sus enemigos por intereses, se encargaron de hacerle atmosfera de facineroso.

                Abortado el movimiento, mi padre fue preso en Supe y llevado a Lima en calidad de detenido político. Pocos meses estuvo en la cárcel, pues no faltó quien hiciera gestiones ante el gobierno y consiguiera su libertad bajo fianza.

ARROJADO AL BANDOLERISMO

                –Al llegar nuevamente a Pancal, mi padre volvió a las luchas de hacendados. Se encontró con adversarios más avezados, que exhibían como arma el fracaso político que acababa de experimentar. En situación ventajosa, no se desanimó. Pero ya las emboscadas se hacían más difíciles de salvar.

Hasta que por fin ocurrió lo que habría de determinar que mi padre fuera puesto fuera al margen de la sociedad. Aprovechándose de uno de sus viajes, los enemigos de mi padre obraron con tal maña que lo hicieron aparecer como culpable de una muerte de la que era completamente inocente. Preso mi padre fue encerrado en la cárcel de Chiquián.

                Pasaron meses, que supo soportar pacientemente, sin emitir una queja. Desgraciadamente, las gestiones que se verificaban en Harás para conseguir su libertad no parecían tener el menor éxito. Ya mi padre llegaba al límite de la paciencia. En eso supo que un mayor de ejército, amigo suyo, acababa de llegar le mandó un papel, en los siguientes términos: "Sé que acabas de llegar a esta tierra de bandidos y miserables. Espero que vengas visitarme a mi casa, la cárcel, para recordar algo de nuestra infancia"

—Frente a su amigo, contó todas sus penurias. Terminando por decirle que estaba decidido a escapar. "Ni lo pienses,- Luis. Si lo haces, todos se aprovecharán para decir que tu fuga significa culpabilidad" fue el consejo del que él pareció adiar. Pero dicen que el amigo le había !levado licor, para pasar el rato de manera agradable. Cuando la visita se hubo marchado, —ya no se pudo aguantar más y escapó, a caballo, mientras todo el pueblo gritaba: "i Se ha ido Luis Pardo...! Se ha ido Luís Pardo...!

—Parece que todo se confabuló en su contra: la orden de libertad hacía días que la tenía el gobernador en el bolsillo, pero no quiso darle cumplimiento, porque era su enemigo declarado. Fugado Luis Pardo, era fácil decir que era el verdadero culpable Y por lo tanto forzoso era perseguirlo.

FINAL
—Comenzó entonces su vida triste y agitada. Declarado bandolero, sin embargo no tenía miedo de para en su hacienda Pancal pues estaba seguro de que nadie se atrevería a ir a tomarlo allí. Pese a que la mayor parte el tiempo lo pasaba en su propiedad cuanto asalto, robo o asesinato ocurría en diversos sitios, le era inmediatamente cargado a su cuenta. Por toda la república el nombre de Luis Pardo era conocido como el de un bandolero desalmado. Tanto se hizo, que el gobierno ofreció premio al que lo entregara vivo o muerto. Y esto despertó la ambición de mucha gente. Entre ella, a uno cuyo nombre se me escapa, conocido por el apodo de Toromasote, hombre que no conocía la piedad y que presumía de valiente. Al mando de numerosos gendarmes, Toromasote se constituyó en Chiquián., donde aseguró que se comería vivo a Luís Pardo. Inició la persecución, y la hizo con tanta saña, que hubo frecuentes encuentros y combates con él. Sin embargo, nunca logró cogerlo sin salida. Por el contrario, mi padre, en un rasgo de magnanimidad, le perdonó la vida, en una escaramuza en que lo había desmontado dando muerte al caballo. Y le dejó su mula, para que regresara montado a Chiquián. Después, Toromasote exhibía su kepi aguiereado por una hala de mi padre, declarando que había puesto en fuga al famosos Luis Pardo.

ACCION NOBLE DE LUIS PARDO
—Ya Toromasote no quería saber mucho de mi padre y no salía sino rara vez de Chiquián. Se quejaba de falta de fuerzas para combatir a quien nunca más, desde su época de revolucionario, volvio a tener compañeros de aventuras, pese a haberse dicho que era jefe de una banda organizada.
—Desde Lima se mandó a Chiquián una sección de gendarmes al mando del teniente Waltone quien tras mucho deambular, consiguió encontrarlo una tarde. Waltone estaba acompañado por unos cuantos de sus hombres, mientras mi padre se hallaba sólo. No obstante, el combate se realizó. Muy bien pudo voltear las espaldas, pero nunca le pareció digno, así fueran numerosos sus enemigos. Después de un serio tiroteo, Waltone y sus hombres se encontraron faltos de municiones. Mi padre, que se había dado cuenta del detalle, se acercó a Waltone, que estaba herido en un brazo y le dijo “No te mato porque eres un valiente. Tu cumples tu deber al perseguirme”. Y sacándose del cuerpo un riquísimo poncho aladió: “Guarda esto, como recuerdo de Luis Pardo”.

EL PRINCIPIO DEL FIN

Tan pronto Luis Pardo era visto por Chuquián como por Huarás,. Cajatamboo, Cerro de Pasco, Huánuco y mucho, otros lugares. Pero perseguido siempre con verdadero encarnizamiento. Ya esta existencia se le hacía dura. Todo el tiempo, lleno de inquietudes, sin poder dormir tranquilo unos minutos. Era para desesperarse. Ante esa situación, la familia se reunió en Pancal: para celebrar concejo y ver la forma de solucionar el problema. Y entonces, se acordó unánimemente, que mi padre viajara a Lima, para hablar con el Presidente Pardo y ponerse a disposición de las autoridades.
—Como mi tía Rosalía tenía que venir a Lima, se resolvió que, partiera junto con su hermano Luis y un peón de la hacienda. Y una tarde, la última que vería Luis Pardo, salió el conjunto, poseído del optimismo más grande y de grandes esperanzas.

LA MUERTE

—Serían más o menos las doce de ese día, cuando mi padre, su hermana y el peón, llegaron a un brazo de río. Se detuvieron los viajeros, para darse un descanso. Mi padre se quitó las botas, para lavarse los pies. Y cuando daba fin a la operación, se oyeron varios balazos y algunos proyectiles se estrellaron  cerca de donde estaba. Rápidamente, se puso las botas. Y despidiéndose de su hermana, le ordenó que regresara a la hacienda, que estaba cerca. Mi tía, a pesar de que Luis Pardo se negaba a ir acompañado, insistió que llevara al peón. Y por no perder tiempo, mi padre accedió.

—Antes de tomar una dirección, había fijado cual podría convenirle. A pesar de que esto era utópico, pues estaba rodeado por todas partes, se metió al río, para vadearlo y tratar de conseguir un asilo. En tanto, pudo conocer quiénes eran sus perseguidores: vecinos de Cajacay y Huarás, comandados por Juan Manuel Sotelo, otro de sus encarnizados enemigos.

—No había más salvación por el momento, que meterse en una cueva. Y así lo hizo con la clavícula rota de un balazo y otra herida en la mano, seguido del peón que asustado, lloraba a mares. Instantes más tarde, todos los que habían copado a mi padre estaban frente a la entrada de la cueva, preparando cartuchos de dinamita para desviar el rio y ahogar a los refugiados o en su defecto aplastarlos.

—Toda resistencia era inútil. Comprendiéndolo así y para poder mirar de frente a la muerte, optó por salir de la cueva: Casi arrastrando sacó al aterrorizado peón que le acompañaba. A la vista de los estupefactos sitiadores, que no lo veían salir en actitud de vender cara su mida, mi padre apuntó al peón con su revólver. Al momento de disparar, le dijo: "Antes que mueras a manos de estos miserables, te mato yo...”

    —El pobre hombre, doblemente muerto por el miedo y el balazo, rodó fulminado. Enfrentándose a Sotelo añadió: "Mt rindo...” Sotelo, recuperada su sangre fría, comprendió que se le presentaba el momento oportuno de deshacerse de su odiado enemigo. Con una sonrisa siniestra, empuñando e! revolver, contestó lentamente: "No, bandidos como tú deben morir” y a boca de jarro, lo acribilló a balazos, hasta que su arma quedó sin munición. Mi padre no sufrió. Su muerte se produjo instantánea.  
—No bien acabó la tragedia, Sotelo hizo que sus hombres amarraran los dos cadáveres a la cola de otros tantos caballos. Y arrastró en triunfo hasta la misma plaza mayor de Chiquián los despojos del formidable bandolero, terror de tantos hombres guapos, como si se tratara de un gran trofeo de combate...

VALENTÍA

---El drama no había terminado. Todo Chiquián se volcó en la plaza para ver el cadáver de Luís Pardo y entre los primeros que acudieron estuvo el valiente Toromasote. Frente a los restos del hombre que le había perdonado la vida, Toromasote se permitió la hazaña que no pudo en vida de Luis Pardo: meterte dos balazos en la cabeza y volarle los sesos que fueron a estamparse en las paredes de la cárcel. Para decir después, a boca llena que él había matado al temible bandolero.

Luis Abelardo Pardo Sinconega ha llegada al final de su narración. Se muestra fatigado y abatido:

--Varios días se exhibió a la intemperie su cadáver. Y mientras los gallinazos revoloteaban atraídos por el olor descompuesto,  las autoridades se encargaban de- detener a toda la familia y a cuanta persona decía: "¡Pobre Luis Pardo…!” 

—Por fin, cuando ya todo el mundo se cansó del macabro espectáculo se permitió que la familia —víctima de torturas y vejámenes inenarrables— diera sepultura a sus tristes despojos.

Unos minutos de recogimiento de Luis Abelardo Pardo, indican, que ya es hora de dejarlo tranquilo y no pedirle más recuerdos tristes.
R. N. S.

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