miércoles, 26 de octubre de 2016

Muerte y resurección del criollismo

“DIJO BIEN el que dijo que la gracia y originalidad de nuestros cantos populares ha muerto”:
1866-1870 muerte y resurrección del criollismo.

                La Conga, una de las tradiciones de Ricardo Palma, hace referencia a un texto poco conocido de Abelardo Gamarra “el tunante”: EL PIANITO AMBULANTE[1] quién en ese artículo describe los cambios que se dieron el en cancionero popular peruano entre los años 1866 y 1870, cambios que significaron la desaparición de “tonadas y aires de la tierra”  debido a que se pusieron en boga polcas, habaneras, y valses.

Debo llamar la atención sobre la falta de estudios sobre la música popular durante los primeros  años de nuestra vida republicana. Las décadas de 1820 y 1830, fueron de una gran inestabilidad política y económica: La campaña libertadora fue seguida por un período de luchas entre los caudillos militares. Hasta mediados de la década de 1840 era frecuente ver

“el espectáculo de republicanos del Perú, maniatados por las calles, maltratados y vejados por sus mismos paisanos armados, y sepultados en los cuarteles destinados a morir en los campos de batalla, sin saber porque causa, arrancándoles de los labios vivas, a nombres de hombres desconocidos por ellos”[2]

                Con la llegada al poder de Ramón Castilla y los ingresos obtenidos con la venta del guano de las islas, se inició un período al que Basadre denominó “la  prosperidad falaz”. Como señalé en un artículo anterior, el estado usó parte de los ingresos por el guano para fomentar el proyecto modernizador de las élites liberales. El estado se convirtió en promotor del romanticismo en el Perú (Denegri 2004:34). La bonanza económica hizo que el país se convirtiera en un atractivo para grandes solistas y compañías de ópera quienes comenzaron a brindar conciertos y temporadas de gran éxito. Una parte de los sectores populares asistía a estos espectáculos, la “cazuela” prácticamente estaba reservada para ellos y las músicas encontraron eco y se popularizaron reemplazando a algunas de las existentes. Esos cambios, ya notorios a fines de la década de 1860,  fueron los que describieron Palma y Gamarra, por eso pongo a disposición de los lectores el texto completo de Gamarra para su respectivo estudio y análisis.


[1] Este texto fue publicado en En la ciudad de pelagatos, Lima PEISA,  1973,  que es una complicación de algunos “artículos de costumbres” que escribiera Gamarra a lo largo de más de treinta años.
[2] Carta del vicario de Huaylas José María Robles Arnao, al prefecto del departamento de Ancachs “El Comercio” 3 de marzo de 1845



EL PIANITO AMBULANTE

ABELARDO GAMARRA


"Ea pues vamos a  ver
quién se lleva la bandera
si los dueños de la casa
o los que vienen de afuera”

Así cantaba nuestro pueblo ahora años, cuando tenía aquella gracia y originalidad que imprimía su sello en todo. Hoy puede cantar:

"Se quebró la jarra de oro
y ya no tiene remedio
…………………………………"

Allá por el año 1866 aún no había en Lima para diversión de muchachos otra música que los tutilimundi, y el 67 o 68 apareció el primer pianito ambulante y con él acabaron los buenos rasgueos de guitarra y finalizó el cajón, pues hoy el golpe del padre Chueca no se usa ya sino en tambarrias de ínfima clase.
Las señoritas de medio pelo y las del coco, tienen sus alegrías a golpe de manizuela.
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El pianito ambulante denota cierta aristocracia entre gente del pueblo.

“Una, dos,  tres y cuatro,
cinco y un cero
así se llevan la plata
los extranjeros".

Con esa musiquilla, también se ha dado al traste con la guara y el zapateo, porque sus marineras sin fuga o sus fugas sin primeras, no se prestan para un vale cuatro,
Andan por consiguiente dados al vals los macuitos y las de arroz quebrado, y es cosa de verlos voltejear al son de los descompasados vals de los pianitos ambulantes, la mayor parte de los que no son otra cosa que matracas con teclado,
Le digo a U. que se va acabando la gracia en esta tierra; y como antiguamente Lima daba el tono a los demás puntos de la República, va desapareciendo la multitud de tonadillas de otros tiempos o permanecen en un estacionarismo decadente.
Piura no sale de su tradicional "San Miguel"; ni Chiclayo de su mozamala:

"De Lambayeque a Chiclayo
corre el caballo Zapata;
quinientos soles en plata
sin excepción ...  de caballo".

Un poco más acá, se han estacionado en la otra tonadilla:

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"Si quieres comer iguana
yo te la saldré a buscar
a las orillas del río
se salen a … rebuscar”.


Algo más acasito, andan firmes en su

"Cualquiera cuando a cualquiera
siguiera cuando delira;
pero Ud. ña Casimira,
ni siquiera... ni siquiera".

En Trujillo han hecho plantón en "La Manonga Bustamante".
Lo que es en Loreto probablemente andarán cantando todavía:

“Don Bracamonte
tiene una lora y
la mantiene
con mazamorra".

No me parece que en Amazonas anden mejor parados, allí supongo que cantarán todavía:

"Al Ecuador me voy madre
y échame…  tu bendición 
¡ay! si, ¡ay!
no que me voy al Ecuador".

En Pelagatos cantan aún:

"Cuando los gentiles hombres
formaron torres de vidrio
cuando mi madre nació
mi abuela no había nacido".

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"El hombre que anda de noche
sabe lo bueno y lo malo:
sabe dónde canta el perro
sabe dónde canta el gallo".

Cerca de Huaraz cantan:

"Por el mundo ando rodando
no hay mujer que me aborrezca,
hasta las chicas me dicen
te he de querer… cuando crezca”.

En Huánuco no salen todavía de:

“Amor de forastero
no dura nada:
ensilla su caballo
se va mañana”.


En el interior talonean con:

"Arbolito de manzana
verdichay
cuya rama plante yo
chunquitay
otro te estará gozando
verdichay
y el que te plantó ya no".

Cerca de San Pedro, cantan:

"Malaya el amor,  malaya
y el amor malaya seya,
si el amor ha de ser causa
que yo perdido me vaya".

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En todo lo que se llama costa abajo, de donde han salido tan picarescas mozamalas y tonderos de rechupetes, hoy no salen del viejo:

"¡Ayyy! para que quiero la vida
iayyy! si contigo no la gozo,
¡ayyy! si contigo la gozara
¡ayyy! yo me llamaría dichoso".

“Arrímate cobarde
junto a esa niña,
hazle una guiñadita
con la rodilla",

"Eres enamorado
pero cobarde,
corazón de mosquito
métete a fraile".

"Me baño de mañanita
en el mar y en la corriente,
 para ver si se me quita
este amor tan… permanente”.

“Corazón de avellana
pecho de almendra,
limón azucarado
quien te comiera”.


"Toma este puñalito
y ábreme el pecho,
y verás tu retrato
si  está bien hecho”.

No salen de esas tonadillas viejísimas y de los versos llenos de malicia que compusieron los que tuvieron sal en otro tiempo.

 - 180-

Nada digo del sur, porque si hemos de comenzar por el desventurado Tarapacá, me supongo que allí todas serán leseras y ñoos empalagosos
Más acá corren parejas con el norte y me temo que en Puno anden cantando todavía:

“Anda vete, anda vete
barbero loco,
que mi madre no quiere
ni yo tampoco”

El centro canta con Lima:

“Palmero sube a la palma
y dile a la palmerita,
que se asome a su ventana
que mi amor … la solicita”

Son los versos que hace años viven porque ningunos otros han venido a sustituirlos pues los que se han compuesto después no han sido sino unas verdaderas simplezas o descomunales deshonestidades.

- 181-

Con el pianito ambulante desapareció la popular guitarra, el charango de rompe y rasga y el arpa deliciosa.
Agréguese a esto que nos importaron las zarzuelas y las operetas bufas, que el pueblo invadió la cazuela y con este melón se llenó el cerrón: nuestras morenitas de linda voz, nuestros cantores populares se encariñaron con la Mascota y el Bocacho y el Cocacho y Mignon y la FiI de madama no sé cuántos, y dándoselas de primadonas las unas y los otros de tenores, aprendieron los libretos y en cada callejón tenemos artistas que cantan el credo.
Ítem más, se les antojó poner en son de marinera todos los dúos, solos y serenatas de las obras que hemos indicado y ha resultado más de un adefesio soberano.
Culpa toda del pianito ambulante: de ese instrumento chillón, bullanguero, desacompasado, sin armonía en que cada tecla parece saltar sobre la cuerda, con un sonsonete infernal, algo así como un teclado metido dentro de una petaca.
En el Callao, esa tierra del pueblo alegre y de chispa, tierra de las más lindas mozamalas y de los tonderos y marineras capaces de resucitar los pianitos ambulantes, y es peste la que allí hay de ellos: todo se vuelve manizuelas.
A esa decadencia corresponden las observaciones que otro aficionado a estudiar costumbres ha hecho en una de nuestras repúblicas hermanas, diciendo con sobrada justicia ni más ni menos que lo que nosotros dijéramos.

Nápoles tiene sus dulces y cadenciosas man-182-dolinatas. Andalucía sus picarescas o sentimentales malagueñas, peteneras y boleros; los pueblos vasco-navarros sus verzolaris; Galicia sus primitivas muñerías; los pueblos del centro de la Italia sus idilios patrióticos y sus amantes cantos de despedida, al partir para la guerra. Nosotros hemos llegado a tal corrupción filarmónica popular, que hemos quedado reducidos a las tremendas e inaguantables cumbiangas, cantadas con voz nasal, en un mongongueo tan fastidioso y monótono como un día de lluvia, esbozados sobre una melopea capaz de crispar los nervios más bien templados.
Hacemos la caricatura de la música bastardeando nuestros propios sentimientos y nuestras propias costumbres. Se han perdido para siempre aquellos antiguos aires nacionales, todos esos cantos que hacían una especie de repertorio nacional, han pasado a la categoría de las cosas archivadas en los museos, cubiertas del polvo fino que el tiempo va acumulando sobre ellas, como se van acumulando las capas de tierra que constituyen las formaciones geológicas.
Aunque la poesía y la música de otra época no eran delicadas ni sentimentales, demostraban por lo menos cierta cultura, cierta galantería del hombre hacia la mujer, quedaba aunque superficialmente, la nota de la pureza de costumbres de nuestro país.
Allá por los años de 1868 o 70 comenzó para nosotros la importación inmensa de aires cubanos, las habaneras se repetían con una profusión tremenda, con sus palabras indíge-183-nas, sus cadenciosas melopeas, sus ritmos originales y picarescos, ardientes explosiones de amor rimados sin ton ni son, caprichosas confecciones de corazones quemados por unos ojos siempre negros y siempre arrebatadores.
Desaparecieron entonces por completo los aires criollos para dar paso a esos aires importados cortados por la misma tijera.
En medio de aquella inundación de cantos españoles, se oía, sin embargo, de vez en cuando, surgir algún aire criollo.
Pero se había declarado el descenso de nuestro gusto nacional y poético popular. Ya no se cantaba delicadamente a la mujer, ni a su belleza ni a su amor.
El canto del tocador de guitarra en las trastiendas e improvisador de versos cojos, mancos y tuertos, con consonantes traídos de los cabellos, luchando en cruda porfía por meterse en los límites de las cesuras, empezó a prevalecer de una manera tan caprichosa que no quedó siquiera el recuerdo de los antiguos cantares populares.
No se vaya a suponer que tengo la rara idea de implantar aquí una cátedra de moral popular, ni que quiero meterme a Redentor, porque no se me ocurre que me crucifiquen, pero quiero sí, hacer notar que en vez de mas educando, perdemos diariamente el ciento por ciento de aquella cultura moral que nos dieron nuestros buenos padres.
Si hubiéramos de medir la educación popular por los cantos y la música del pueblo, estaríamos más abajo que los demás países.

- 184 -

Son cosas de la civilización!... dice el escritor a que me refiero; pero yo agregaría que también son cosas aquí de la pobreza, porque cuando el estómago anda mal no está para gracias ni para nada, de allí que, después de la "Ferrolana" del tiempo de Echenique, de la "Conga" del de Balta, hayamos quedado estacionarios.

El último de los presidentes que ha tenido su cantarcillo pasable fue Montero:
"La ropa de S. E.
no  se lava con jabón se lava
se lava con concha de ámbar
que penetra…  al corazón".

Hoy,  estamos en plena prosa: nuestras desgracias nos han dejado como nuevos.

"Pudiera ser que algún día
con las mudanzas  del tiempo" .
...........................

No queda más recurso que
El pianito ambulante
y golpe a la manizuela
que una cosa es con guitarra
y otra cosa es con vihuela.

"Los amores de Juana
me tienen loco
yo me muero por ella
y ella… tampoco".

-185-

No sigo porque me precipito, y Uds. saben que al que toca y al que canta, se le seca ... la garganta.

Con que:

Tanto que escribo rasgos
 y nada tomo
como  si mis pulmones
fueran de plomo.

Tomaré, pues, descanso y sigan Uds. cantando lo que gusten; aunque no me despediré de mi lectora sin recordar el verso que se canta en mi tierra, y va con ella:

Tienes una boquita
tan colorada
que se parece al dentro
de una granada.

Tienes unos ojitos
tan embusteros
que aunque nada me dicen
me están diciendo.

Tienes ¿pero qué tienes?
No tienes nada
porque lo que tú tienes
lo tengo en mi alma.


Y andar. 

lunes, 3 de octubre de 2016

UNA POLKA “CARACTERÍSTICA DEL PERÚ” DE 1850: ENRIQUE HERZ Y SU PASO POR EL PERÚ

Luis Salazar

En 1845, con la llegada al poder de Ramón Castilla, el Perú comenzó a superar el período de inestabilidad originado por el proceso independentista que remeció todo el continente americano. La base de esta situación fueron los ingresos generados por  la comercialización del guano de las islas. Basadre, con mucho acierto, bautizó a este período como el de la “prosperidad falaz”. Según señala Francesca Denegri, el estado usó parte de los ingresos por el guano para fomentar el proyecto modernizador de las élites liberales. El estado se convirtió en promotor del romanticismo en el Perú (Denegri 2004:34).

                En ese contexto comenzaron a llegar al Perú concertistas de gran fama: En 1848 actuó en Lima, el gran concertista de violín y discípulo de Paganini, Camilo Sivori, quien después de su permanencia en Chile regresó al Perú en 1849 actuando en Arequipa y nuevamente en Lima. Algunos meses después, llegó procedente de México el pianista austriaco-francés Henry (Enrique) Herz, señalado en algunos artículos sobre la historia de la música criolla como el que introdujo el vals en  el Perú, aunque ahora sabemos que el vals había llegado mucho antes (el lector puede consultar mi artículo “La llega del vals al Perú en: http://www.boletindenewyork.com/La%20Llegada%20del%20Vals%20al%20Peru.htm).

                En  APUNTES PARA UN DICCIONARIO BIOGRÁFICO MUSICAL PERUANO, Rodolfo Barbacci brinda esta reseña biográfica de Herz:

 Célebre pianista alemán (1806-88) que llegó a Lima en gira de conciertos en agosto de 1850. Sin anunciarse previamente encontró de inmediato el mejor eco a su fama. Le fue ofrecido el Teatro Principal, con alumbrado, orquesta y todos los gastos para 4 funciones, gratis, si no obtenía suficiente entrada, pero como en el Teatro regía un Reglamento que limitaba los precios de les localidades, prefirió tocar en el Gabinete Óptico, donde ofreció un ciclo de 4 conciertos. Despertó mucho entusiasmo, aún antes de tocar. Su primer programa (Lunes 19-8) contó con la colaboración del tenor G. Fabí y tocó su Concierto en Do menor y Fantasías y Variaciones sobre Puritani de Bellini, Lucia de Donizetti, compuestas por él. En el 2° concierto introdujo El Viaje músico, rapsodia de temas populares e himnos de diversos países. Terminaba con Lima: La Zamacueca. En el tercer concierto colaboró la Srta. Maisondieu, en vez de Fabí. Todos sus programas constaron de Fantasías de óperas, El viaje músico, El Carnaval de Venecia, etc. Terminado este ciclo en el Gabinete Óptico pasó, en setiembre, al Teatro Principal ofreciendo 4 conciertos en los que casi repitió los mismos programas y agregó algunas improvisaciones sobre temas propuestos por el público. Terminó su actuación en Lima con un par de conciertos "monstruo" en los cuales tocó una Gran Marcha Nacional Militar compuesta por él y dedicada a los peruanos, ejecutada en 8 pianos por señoritas y caballeros aficionados de Lima, con doble orquesta, Banda militar y Coro de hombres. Se previno al público femenino que no se asustase con el fuego de artillería que estaba incluido en la obra. Antes de despedirse avisó al público, por los diarios, que deseaba editar un Álbum de Arias nacionales peruanas, con notas ilustrativas, por lo que solicitaba a los profesores y aficionados le remitiesen las melodías a su alojamiento, que él las arreglaría y editaría. Se quedó en Lima algunas semanas, tocó otras veces programas similares, en el Teatro, pero no con el mismo éxito. A principios de noviembre se fue a Chile. En junio de 1851 regresó, decidió quedarse unas cuantas semanas en Lima antes de seguir viaje a Europa y ofreció nuevos conciertos en el Teatro Principal con renovado éxito. En su primer programa (9-6) tocó su Rondó Suizo con acompañamiento de orquesta, un Andante expresivo y Regreso a Lima que termina con la Polka Los encantos del Perú. Los otros programas estuvieron formados por Variaciones sobre temas de óperas, obras propias y El viaje musical. Compuso y ejecutó el cuadrito musical La Tapada que fue muy festejado y que se anunció como Las gracias de una tapada o El día de San Juan en Lima y que fue una polka. En su 7° Concierto, en el rondó La Embajadora introdujo el célebre baile nacional La Pobreza. En esta segunda serie de conciertos ofreció 10, y marchó hacia Londres  el 9-7-1851. Las gracias de una tapada llegó impresa a Lima en setiembre de 1851 (Casa Ricordi), junto con otras obras suyas. 

                Con el título de LA TAPADA polka característica del Perú he ubicado la partitura a la hace referencia Barbacci y nos muestra que ya a mediados del siglo XIX la polca estaba aclimatada en nuestro país con características que la distinguían. 




Un fragmento de ella pueden escucharlo en este enlace: 
https://soundcloud.com/luis-salazar-48/herz-la-tapada


miércoles, 21 de septiembre de 2016

Organografía peruana - La Zampoña

ORGANOGRAFÍA PERUANA

LA ZAMPOÑA 

En junio de 1928, en la revista "Mundial", se publicó este poco conocido artículo del músico e investigador puneño  Mariano Béjar Pacheco (ver http://musicaenelperu.blogspot.pe/2014/05/mariano-bejar-pacheco.html), lo reproducimos para todos los interesados.


ORGANOGRAFÍA PERUANA
Trabajos dedicados al Señor Andrés a. Aramburú
LA ZAMPOÑA
El estudio de la zampoña es, sin duda, capítulo muy interesante para los aficionados a la música serrana; pues constituye una revelación acerca de su manera de organizarse y de la amplitud con que el indio del Collao explota el material sonoro moderno.
Ante todo hay que subrayar: que los que han tratado antes este mismo asunto, en el Perú y en el extranjero, han carecido, unas veces, de la preparación técnico musical necesaria y otras, de la debida información sobre el terreno. En su mayoría han tomado como modelo una sola zampoña, ignorantes de que esta no es más que un individuo de una colectividad, incapaz; por lo tanto, de representar, en total, a todo su conjunto. Entiendo que en los museos del exterior no debe haber colecciones completas de estos instrumentos. Y esto ha sido causa de que, en vista de un ejemplar aislado, se hayan hecho las más arbitrarias deducciones.
Cuando la banda está completa, una comparsa de sicuris consta de 16 tocadores cada uno de los cuales toma un par de zampoñas de diferentes dimensiones, pero cuyos sonidos guardan una correlación perfectamente musical. Así: el par que aparece en el grabado 1 hay otras cuyas notas son las de los pentagramas 5 y 6; y más grandes que las del grabado 3 otras cuyas notas son un semitono cromático más bajas. Y así descienden en sonidos a la vez que aumentan en longitud y capacidad hasta alcanzar vibraciones insospechables.
Las dos cañas que van señaladas (x) corresponden a la nota la, sonido 58 del Índice General del Material Sonoro. En ambos casos la longitud de la caña es de 0.1 m., siendo su diámetro de 0.007 m. Este hecho demuestra que el indio procede con cálculo casi técnico y afina su oído al diapasón universal.
Una banda de sicuris no toca solamente música autóctona: valses, marchas, tangos, el Himno Nacional, la Marsellesa, en fin todo cuanto ellos escuchan, reproducen con presteza y exactitud, hasta con el uso de acordes disonantes.
El estudio subsiguiente de otros instrumentos indígenas irá revelándonos de lo que es capaz el instinto humano, en las razas inteligentes y laboriosas, y nos dirá también, una vez más, que la fuerza de la evolución es incontenible en todos los sectores de la vida.

Lima, junio de 1928.

Mariano Béjar Pacheco

viernes, 26 de agosto de 2016

La obra de Felipe Pinglo Alva 
Patrimonio Cultural de la Nación

El gobierno peruano, mediante una resolución publicada el día 20 de agosto de 2016,  en el diario oficial El Peruano,  declaró la obra musical de Felipe Pinglo como patrimonio cultural de la Nación, por su valor cultural, vigencia, actualidad y representatividad en la música tradicional del país.
Sin embargo sobre la vida y la obra musical de Felipe Pinglo, existen muchas interrogantes y para contribuir a despejarlas vamos a publicar algunas notas relacionadas al tema. 
Uno de los documentos que no es conocido ni citado en su integridad es la entrevista que un periodista del cancionero "La Lira Limeña", realizó a la viuda del compositor, Hermelinda Rivera, a principios de junio de 1939, a sólo tres años de fallecido el vate criollo. La entrevista fue publicada en los números 465 al 470 de dicha revista entre el 16 de junio y el 20 de julio de  ese año. El periodista que realizó la entrevista no quiso que su nombre apareciera  y firmó con el seudónimo de AMADOR. La publico in extenso por contenedor abundante información que necesita ser comprobada y contrastada con otros documentos.


Unos minutos con la señora Hermelinda viuda de Pinglo

                Las 5 de la tarde de un domingo invernal y nuestro carro cruza vertiginoso el Puente Balta. De soslayo y como una evocación surge a nuestra vista el Rímac ya crecido que en la lejanía semeja sutil espejo de plata perdido entre la enhiesta maleza. Taciturnos y displicentemente arrellanados en los asientos pensamos en el objeto de este viaje en esta tarde lánguida que se nos muestra ahora en toda su deprimente visión, al entrar a la barriada de Cantagallo, el lugar de los genuinos criollos de honrosa tradición. Deseamos saber y conocer algo de la vida del desaparecido bohemio, alma máter de nuestra criolla canción, su vida íntima hasta donde fuera posible, las circunstancias que antecedieron a su muerte, el fatal epilogo del ser humano. Tarea de suyo delicada pensamos. Vamos a retrotraer y despertar adormecidos recuerdos de horas lúgubres, a hacer quizás derramar lágrimas de profunda amargura y a evocar con honda, dolorosa, agobiadora tristeza la figura de Felipe Pinglo para quién la muerte fue como la corona que ciñera la gloria en sus sienes para hacerlo inmortal.
Hemos descendido del auto y a grandes pasos ganamos terreno en el mismo corazón de la barriada, A un lado adivinamos el Rímac por el trepidar de sus aguas, al paso que unos arrogantes arbustos nos dan la impresión de hallarnos en una gigantesca huerta. Al otro: una heterogénea fila de casitas en cuyas puertas asoman diversidad de rostros. Hasta nosotros llega el trinar de una vihuela y dos voces varoniles se escuchan en un sentimental vals. Avanzamos rápidamente inquiriendo los números de las casas. De repente se presenta a nuestros ojos la figura de un callejón típicamente limeño. Entramos dejando a la puerta de la majestuosa y nada tranquilizadora figura de un fornido can que nos ha mirado sin mayor apuro y que luego se despereza muellemente.
¿El cuarto que ocupa la señora viuda de Pinglo? preguntarnos a la “portera” que con cierto recelo nos indica uno que está a la entrada.
Con indescriptible emoción nos hemos acercado a la puerta como sobrecogidos de religioso respeto. No percibimos un solo ruido. ¿No habrá nadie? pensamos.
En silencio hemos interrogado a la portera quien nos indica que si “están allí” y luego se hunde entre el laberinto de las destartaladas especies que llenan el perímetro de su alcoba encogiéndose de hombros.
Unos golpes nerviosos, fuertes, demasiado fuertes para turbar la tranquilidad de esa casa, hemos dejado oír. Unos pasos menudos se acercan y al girar la puerta con discreto movimiento deja al descubierto la fisonomía de una señorita de agraciado aspecto en el que la similitud de los rasgos nos indican que se trata de la hija del llorado maestro
¿La Casa de la señora viuda de Pinglo? preguntamos.
Si señor —nos responde—; pero tengan la bondad de pasar y tomar asiento que voy a llamar a mamá.
 Hemos tendido nuestros ojos por la habitación bastante humilde y devoramos inquisitorialmente lo que se ve en ella. De las paredes penden retratos, afiches y cartelones relativos a la memoria de Pinglo. En una mesita que se encuentra al centro de la habitación, hay un retrato del inmortal criollo con la apacible mirada del artista enfermo. Unas cuantas sillas dispersas en la alcoba  (continuación) nos delatan elocuentemente la humildad de los que en ella habitan.
¡Cuánta pobreza en casa del insigne compositor peruano, patriarca de nuestras canciones meditamos y cuánta ignominia de todos aquellos que han aprovechado de sus obras, hurtando el patrimonio intangible de sus producciones dejado a la viuda y a sus menores hijos. A todos ellos hemos de desenmascarar en las páginas de “La Lira Limeña” con la franqueza que nos caracteriza para que llegando a conocimiento de las autoridades competentes se ponga coto al incalificable abuso que se ha cometido y se sigue cometiendo con los descendientes del noble criollo, apropiándose ilícitamente de sus composiciones para utilizarlas con fines mercantiles …Nos saca de nuestra meditación la presencia de la señora Hermelinda Rivera viuda de Pinglo quien como es natural no oculta su sorpresa ante nuestra visita.
Somos de “LA LIRA LIMEÑA” explicamos. —Queremos entrevistarla para hacer conocer a nuestros lectores algunos aspectos inéditos de la vida de su ilustre esposo.
La honorable viuda del recordado maestro parece algo desconcertada ante nuestros requerimientos; pero rápidamente a la vez que nos ha invitado a tomar asiento, nos manifiesta que está a nuestras órdenes.
Y comienza nuestro interrogatorio, el eterno y monótono interrogatorio periodístico. Sabemos que nuestra acuciosidad atraerá nostalgias dolorosas de pasadas horas; que nuestras interrogaciones descarnadas y brutales serán el despertar de recuerdos para aquellos seres a quienes el tiempo solo ha servido de paliativo y que al entrar con el alma entristecida en los dominios de lo pasado, nuestra imaginación inquieta vivirá con el relato que salga de los labios de la que fue la fiel compañera de su la vida para admirar una vez más la grandeza del hombre que consagró su musa a la canción criolla.
Felipe nació en Lima el 18 de julio de 1899 nos habla la señora Hermelinda del matrimonio de don Felipe Pinglo y de Doña Florinda Alva. Desde pequeño mostró grandes condiciones artísticas que al llegar a la pubertad aflorarían en toda la gama exquisita de su innegable valía. Cursó su Instrucción Media en el Colegio Nacional de Nuestra Señora de Guadalupe distinguiéndose como alumno ejemplar y estudioso estimado sobremanera por sus condiscípulos y maestros. Desde entonces empezó a manifestarse en él la irresistible vocación por las composiciones criollas como complemento de sus aficiones musicales que a los 17 años se manifestaban ostensiblemente en el canto y en el tocar de la guitarra y la flauta,- Nos conocimos en el año 1916 y celebramos nuestro matrimonio en el año 1919 cuando la Gran Guerra habla terminado con toda su horripilante violencia.
¿Puede indicarnos cual fue su primera composición?
“Amelia” un vals nos responde prestamente la Señora viuda de Pinglo, siendo “Hermelinda” otro vals, su obra póstuma, compuesta en mi honor, cuatro días antes de morir.
¿Cuántas composiciones ha dejado hechas?
Cerca de doscientas—nos dice—entre las cuales están incluidas las que ya son sobradamente conocidas, como “La Oración del Labriego”, “El Plebeyo”, “Mendicidad”, etc.— ¡Carmen! dice de pronto—tráeme las composiciones de tu padre que están en el ropero.
Pasan unos instantes de silencio e irrumpe en la habitación la gentil hija del maestro. La contemplamos a nuestro sabor mientras con delicadeza y gracia eminentemente femenina desenvuelve el legajo de papeles que ha traído. Es una morenita de agraciado rostro que frisa en los 15 años. Sus grandes ojos negros tienen el mirar de su noble padre y se sonroja al mirarnos.
 Vean Uds.— nos dice la viuda todas estas son las composiciones de Felipe.
Presas de viva emoción cogemos esos papeles en los que volcó toda su alma el criollo. Desfilan ante nuestros absortos ojos diversas letras. Hay infinidad de versos, ora melifluos y liricos, ora enérgicos, dramáticos y dilapidadores.
En todos ellos se trasunta el signo incontrovertible del artista. Al buen tun tun tomamos uno; se trata de la Polkita “Alejandro Villanueva” inspirada en la personalidad del maestro del foot ball peruano.
(continuación)
Desconocida para muchos esta polkita de puro sabor criollo, es una apología entusiasta de las virtudes futbolísticas del popular morocho del “Alianza Lima”. Cogemos otra: lleva por título “Senectud” y es un vals compuesto en el mes de Enero de 1936. Luego gozamos de las delicias de saborear «Terroncito de Azúcar» un one-step muy poco conocido. Así sucesivamente desfilan ante nuestra vista otras producciones, todas saturadas del más puro criollismo.
La hija del maestro ha abandonado la pieza y ahora frente a la viuda nos disponemos impertérritos, a continuar nuestro interrogatorio.
¿Díganos ahora en qué fecha falleció su esposo y cómo fueron sus últimos momentos? preguntamos fríamente.
Tengo tan presentes todos estos detalles—nos responde—como si hubiera sucedido ayer. Ocho años antes de su fallecimiento ocurrido el 13 de mayo de 1936, se notaron en él, síntomas de diversas enfermedades que después atormentarían su vida. Con gran resignación sufrió todos sus males  que visiblemente empeoraban con el trascurso del tiempo, lo que hizo necesario su internamiento en un hospital del cual salió ocho días antes de morir. Ya en casa fue un gran consuelo para nosotros tenerlo a toda hora y atenderlo solícitamente como era natural, A este respecto, nos dice luego con énfasis la viuda, no puedo menos que testimoniar elocuentemente el agradecimiento sin límites que guardo para todos sus amigos que siempre estuvieron a su lado alentándolo en todo momento, hasta que llegó el fatal día 13 de mayo en el que a las cinco y treinta de la madrugada falleció en mis brazos rodeado de sus hijos y amigos y en pleno uso de sus facultades mentales... 
Ha llegado el momento cumbre de este sencillo relato; nuestra brutal curiosidad ha sido el punzante  bisturí que ha ahondado la cicatrizante llaga. La señora Hermelinda viuda de Pinglo no puede más, grandes sollozos ahogan su voz….   Hondamente consternados ensayamos algunas frases de consuelo; frases huecas, entrecortadas, incoherentes, sencillamente vulgares con lo que pretendemos mitigar un dolor que se muestra con toda elocuencia.
El panorama de esta tarde triste parece haberse contagiado del ambiente. Mientras que por ahora un silencio eterno para nosotros reina en la habitación, desde nuestra indolente silla contemplamos a través de una ventana discretamente abierta el aspecto mortecino de la tarde que fenece, mientras que bruscamente las sombras de la noche comienzan a manifestarse con lo negruzco de sus tonos. En la habitación inmediata escuchamos sollozar quedamente a Carmencita la hija del artista. Es una escena a la que no hubiéramos querido arribar.
Carmen—dice de repente la viuda—trae a tu hermanito.
Aquí tienen ustedes a mis hijitos nos dice con orgullo la viuda, Carmencita a quien ya conocen y a Felipe Alejandro Pinglo Rivera. Tenemos a nuestra vista al varoncito que cuenta en la actualidad con trece abriles; es un adolescente de mirada altiva y ademanes finos. Nos tiende la mano muy cordial y luego se retira en unión de su hermanita a la pieza inmediata.
La presencia de su hijos a reconfortado grandemente a la señora Hermelinda que más sosegada ahora nos dice: Mis hijos y las composiciones de Felipe es lo único que me queda. Carmencita estudia en la actualidad Comercio en la Escuela Nocturna del Corcovado y mi hijito sigue su Instrucción Primaria en una Escuela Fiscal.
Si la pregunta no es indiscreta—insinuamos—podría decirnos en que se ocupa Ud.?
Yo vivo de mi trabajo; atiendo a los quehaceres de mi casa y coso algo y ayudo (continuación) a la vez a Carmencita en la labor de enseñar a los pequeños que vienen a la “escuelita” que tenemos en casa; aquí les enseñamos las primeras letras—nos dice—y Carmencita los quiere y los mima mucho, enseñándolos a deletrear y a persignarse. Los chicos sienten verdadera adoración por ella. No ocultamos una sonrisa ante la sencillez del relato.
¿Y ha sacado Ud. algún provecho de las obras de su esposo? ¿Ha sido protegida en alguna forma?
 ¡Ay!—Nos responde con amargura.—He sido muy explotada. Gentes inescrupulosas aprovechándose de que las composiciones no estaban registradas y valiéndose de procedimientos innobles y tinterillescos se han apropiado de alguna de ellas, llegando en su criminal conducta hasta querer negar la autenticidad de las obras de Felipe. Abusaron y continúan abusando de estas circunstancias para hacer impresiones musicales, supuestos “arreglos”, representaciones cinematográficas a base de los cantos de mi esposo que sirvieron muchas de las veces de inspirado argumento, teatralizaciones de algunas de sus obras sin ningún derecho y con fines evidentemente lucrativos, sin que a mí se me haya tomado en cuenta para nada y dándome únicamente la irrisoria suma de S/. 40.00 por la música de “El Plebeyo” en tanto que la empresa que explotó la obra a la que sirvió de argumento la referida música obtuvo muchos miles de soles. Toda esta serie de atropellos se ha realizado ante la indiferencia realmente inexplicable del “Centro Musical Felipe Pinglo” de quien dicho sea de paso no merezco absolutamente nada.
Ha anochecido rápidamente y desde nuestro asiento espectamos un pedazo de cielo, un trozo de espacio encajonado entre los moldes de la entreabierta ventana. Por entre ella asomamos nuestras cabezas; titilan en lo alto algunas estrellas, en tanto que ha hecho una breve pausa la señora Hermelinda en lo más sensacional de su relato…
 Las últimas frases las hemos escuchado como adormecidos v desconcertados ante tanta infamia y sentimos que la indignación se nos sube al rostro.
—Trae un poco de luz Carmencita— ordena la viuda. Carmencita no se hace esperar y aparece con un bonito lamparín que esparce claridades difusas por la habitación en todo lo que puede abarcar sus débiles rayos, dejando en una agradable penumbra el resto de la alcoba.
La indignación que mostramos se traduce en un nervioso movimiento de nuestro cuerpo en la paciente silla y no podemos menos de condenar acremente las vilezas cometidas.
¿Es posible exclamamos—que se haya cometido tales abusos con Ud.?
Con un leve movimiento de cabeza asiente la viuda a nuestra interrogación, y no puede ser de otro modo, en efecto. Recordamos haber visto en algunas editoriales musicales algunas músicas del malogrado maestro, presentadas como “arreglos”; recordamos haber asistido a algunas películas de una conocida Empresa Cinematográfica Nacional que se inspiraban en varias producciones de Felipe Pinglo y nos consta que se ha teatralizado recientemente otra de sus composiciones y sabemos que se encuentra en plena preparación otra teatralización y respecto del “Centro Musical Felipe Pinglo”, recordamos que éste organizó una función a beneficio de la viuda y los hijos del llorado bohemio en el Teatro Segura.
—Pero señora—decimos—¿y el producto de las funciones organizadas por el “Centro Musical Felipe Pinglo” a beneficio de Ud. y de sus hijos que constituyo un éxito enorme tanto artístico como de taquilla, no la alivió siquiera discretamente?
(continuación)
¡Ay señor!—nos dice con profundo desconsuelo la viuda—De esa función sólo obtuve la satisfacción de poder constatar como estimaban a mi esposo y sólo recuerdo que el Centro Musical me proporcionó únicamente los pasajes para concurrir a la función y después para conducirme a mi domicilio, sin que después haya obtenido yo algún otro beneficio.
Nuestra reacción ante la monstruosidad de este hecho se traduce en una risa forzada por decir lo menos y omitimos calificarlo por ahora a fin de dejar a nuestros lectores libertad para apreciarlo.
Un silencio sepulcral ha sellado las últimas frases de la viuda, turbado únicamente por el tenaz chisporroteo del lamparín y por uno que otro suspiro entrecortado de la Señora Hermelinda Rivera viuda de Pinglo. De repente una voz clara, pastosa, de fino timbre se deja escuchar en aquello de:
“Que fue de tu belleza”
Que fue de tu hermosura, etc.
Estamos seguros que esa voz no puede salir de otra garganta que no sea la de la simpática hija del maestro, a quien íbamos a guardar “el secreto” de poseer una hermosa voz y un gusto que ya quisieran tener muchas y muchos de nuestros criollos que pululan en nuestras emisoras.
Con una sonrisa en la que se infiere una rebosante satisfacción nos manifiesta la viuda que en efecto se trata de su hijita que está interpretando el vals “Porfiria”.—Al finalizar no podemos menos que aplaudir sin reservas y aún a riesgo de que se desnaturalice el cariz de la interviú a la gentil Carmencita.
Mi hijita es una gran aficionada a la música y al canto—nos dice con tono jovial la señora viuda de Pinglo.—Hay que oírla interpretar las piezas de su padre y a propósito—continúa la viuda—nosotros escuchamos continuamente las audiciones que propalan algunas broadcastings y no podemos menos que lamentar profundamente el enconado destrozo que hacen algunos intérpretes, de las músicas de Felipe, particularmente con el vals “Porfiria” que hoy está en boga, el que es cantado en forma enteramente diferente del original, con lo que se le resta naturalmente toda la belleza y armonía que el encierra.
La sombra de amargura, de desconsuelo de letal decepción que se cernía sobre el rostro de la señora Hermelinda viuda de Pinglo, parece haberse despejado.
Como en anterior ocasión hemos advertido que al hablar de sus hijos se columbra en sus ojos una esperanza y sus palabras son más firmes y plenas de lógico optimismo. Y es que ellos lo constituyen todo para ella. Hundida entre las paredes de esta alcoba, desconocida para muchos, indiferente para otros, olvidada para todos, consagra su existencia a la vida de sus vástagos.
La vida con su devenir incesante y monorrítmico como dijera Azorín, pasa por aquella casita de la barriada de Cantagallo a cuyo frente se desliza el Rímac ya crecido, con la inconmensurable variedad de sus aspectos. Muchos inviernos como el que hoy pasamos desataron su inclemencia sobre la honrada casa del genial maestro. Vino luego primavera con sus flores y el estío con sus frutos y la vida siempre la misma en aquella pintoresca casita. La vida siempre la misma, quieta y cotidiana (para repetir a Azorín) deslizándose en esta alcoba en la que frente a la señora Hermelinda Rivera viuda de Pinglo hemos divagado algunos minutos…
Turba nuestra meditación unos golpecitos dados a la puerta. La señora Hermelinda se yergue rápidamente y se dibuja en el marco de la puerta la figura de un chiquitín y de una señora ya entrada en años.
¿Cómo está Ud. señora Hermelinda? Aquí vengo a matricular al pequeño—habla con cierta garrulería la visitante.

(Continuación)
N. de la R.— El autor de esta interesante interwiew a la que damos término en este número es un conocido y popular elemento de la Radio que por razones personales nos ha suplicado que no expresemos su nombre. Cumplimos gustosos este encargo y guardamos fielmente el incógnito hasta que la ocasión haga indispensable su revelación. "AMADOR" es el seudónimo con el que en adelante escribirá exclusivamente para "La Lira Limeña" y para la futura revista "Melodías"

El chiquitín se ha desprendido entre tanto de la mano de su acompañante y ahora en brazos de Carmencita que ha acudido a la visita nos mira con sus ojos glaucos y regordetes un tanto perplejo. La viuda ha despedido a la señora que parece ser abuelita del pequeño y ahora Carmencita lo acosa a preguntas mientras que con singular ternura le acaricia el rostro y arregla la desordenada cabellera del parvulito.—¿Conoces las letras?—le pregunta.—Vamos a ver has la señal de la Cruz!
El chiquitín un tanto huraño como es natural a esa edad, mira al suelo y por los pucheros que hace adivinamos un chaparrón de lágrimas y gritos. Comprendiendo esto Carmencita se lo lleva en vilo entre alegres risas y sonoros besos.
Es un nuevo alumno nos dice riéndose la viuda Ya se acostumbrará. Todo está en que tome confianza y cariño Carmencita.
Efectivamente señora—respondemos con un resuello que quiere ser un suspiro de impotente envidia por las caricias espontáneas prodigadas por la simpática hija del maestro. ¡Quien pudiera ser niño, pensamos! ¡Quien pudiera ser niño para que nos trataran con ese mimo y esa extremada bondad con que Carmencita obsequia a los pequeños…
Un viejo reloj de pared en la pieza inmediata ha medido lentamente unas horas; las suficientes para darnos cuenta que debernos ya poner término a la entrevista. Estamos ya en plena noche de típico cariz invernal. Hemos pasado algunos momentos que nos ha parecido toda una vida. A través de las narraciones que nos ha hecho la señora Hermelinda viuda de Pinglo hemos seguido como en una proyección cinematográfica, los sucesos más resaltantes de la vida del genial maestro que en la madrugada del 13 de mayo de 1936 abandonó este Mundo, “inquieto, artero y falaz” que dijera en una de sus magistrales producciones. Nos despedimos con un cariñoso saludo y con la efusión propia de la admiración hacia los descendientes del autor de “Porfiria”. Salimos: el panorama de esta noche nos invita a la meditación. Mientras rápidamente ganamos la salida atravesando el tortuoso callejón que describiéramos anteriormente, surge a nuestra vista pero en una indescifrable visión la vegetación que cubre las márgenes del Rímac. Ahora más cerca distinguimos las siluetas de los gigantescos arbustos que viéramos hace algunos momentos. Sopla un ligero viento que hace estremecer sus ramas en vaivén rítmico y majestuoso. Dicen que por los contornos habita otro criollo que ya destaca en el ambiente: Pedro Espinel que se inspiró en este panorama para componer su polkita “La Campesina”. Es amplia ahora la visión que tenemos de esta noche tan llena de emociones en tanto que atravesamos e irrumpimos en plena barriada de Cantagallo. La luna en lo alto de su carrera nos prodiga la fronda de sus rayos en tanto que en la cima del San Cristóbal, en lo alto, allá casi en lo inaccesible brilla la Cruz del Redentor con sus brazos dirigidos hacia la Tres Veces Coronada Villa. Es imponente el espectáculo que nos ofrece la mística visión del San Cristóbal con su luminosa Cruz que surge de su enhiesto pico y se eleva al infinito con los brazos abiertos para aprisionar en ellos el corazón de la Católica ciudad de los Virreyes, ¡Sublime espectáculo de esta soberana Cruz levantada por la piedad limeña en la cúspide de su más elevado cerro como ostensible prueba de convicción y fe! Ha de brillar ella por los siglos de los siglos y ha de abrigar bajo sus pies que a ellos les están rendidos los miles y miles de almas que todas las noches al encenderse en la inconmensurable altura le rinde el tributo de su acendrada piedad. Estamos ya en pleno Puente de Balta y mientras el ronquito, del motor de nuestro “Ford” nos indica que va a partir pensamos todavía en la casita que hemos dejado hace algunos momentos en donde quedan los descendientes del gran compositor. Rueda el carro y todavía entre el cristal del automóvil divisamos como una constelación, grandiosa, única, universal la Cruz del San Cristóbal con sus amorosos brazos extendidos y aprisionando el corazón de la noble ciudad de los Virreyes.
AMADOR