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Licenciado en Educación - Historia por la UNMSM y diplomado en Estudios Musicológicos Peruanos por el Conservatorio Nacional de Música. Estudios de Musicología en el Conservatorio y en la Universidad de Ginebra. Publicaciones: - El Misterio del Cóndor - Método de Guitarra Andina Peruana - Diversos artículos en revistas y periódicos. Conferencia Magistral sobre El Cóndor Pasa… en el VI Congreso Internacional de Peruanistas en el Extranjero. Georgetown University (ATP) Y diversas conferencias en el país. Actualmente está enfocado en investigar la historia de la música popular en la ciudad de Lima.

sábado, 6 de octubre de 2018

MANUEL Y CIRIACO AGUIRRE CONDEMARÍN

MANUEL Y CIRIACO AGUIRRE CONDEMARÍN: 

Los hijos de "LA CUYUSCA"



    Con ese título, en  "La Crónica" del jueves 17 de agosto de 1933 fue publicado una crónica escrita por el Dr. Enrique López Albujar, referida a Manuel y Ciriaco Aguirre Condemarín, músicos piuranos de quienes se conoce poco y se menta mucho.

    Los hermanos mellizos Manuel y Ciriaco Aguirre Condemarín llegaron a Lima en 1928 para  participar en el Concurso de Música, Bailes y Trajes Regionales organizado por la Municipalidad del Rímac. Participaron con la "Rondalla Piurana" y también como dúo. 

Los hermanos Condemarín con "La rondalla piurana" (a la derecha con guitarra y cajón)
Foto: revista "Mundial"

   Como dúo participaron en el segundo y tercer concierto eliminatorio en el Teatro Municipal, los días 15 y 22 de junio interpretando marineras y tonderos, con gran suceso. Las revistas y periódicos de la época comentaron su participación. Pedro Barrantes Castro, periodista de "Mundial" escribió:
Estupenda la parte de los hermanos mellizos Aguirre Condemarín (Piura). Estos sobrevivientes de la guerra con Chile, luciendo sus medallas, son el cogollo de la antigua mata criolla, hoy casi perdida. Con su alto e idéntico porte de mulatos granados, estimulan imaginaciones sobre las mil variedades en que la vivacidad y sensiblería de nuestro injerto africano se manifiesta en todo el contorno del trópico latinoamericano. Los viejos, se miran alegres mientras, pulsando a maravilla la guitarra y el cajón, despiden por sus mandíbulas caducas el grito, ya cómico, ya enternecedor, de marineras y tonderos (legítimos, creen ellos, y aquí reside su segundo orgullo) que de arrancón en arrancón pespuntan. Ramos de flores para los viejos caen en el escenario. (En :"Mundial" 22.06.1928).
 Los Hermanos Aguirre Condemarín con "La Rondalla piurana" obtuvieron el primer premio el en tercer grupo: MUSICA INSTRUMENTAL (SOLA O CON CANTO) y el cuarto premio como dúo: (CUARTO PREMIO: —Al  dúo de guitarra y cajón que forman los hermanos Aguirre Condemarín, de Piura: Lp.15.0.00).



     Volvieron a Lima para participar en el Concurso de Música, Bailes y Trajes Regionales organizado con motivo del IV Centenario de la Fundación de Lima. Actuaron en los teatros Segura, Campoamor y Municipal y en el Coliseo Manco Cápac.

     Ricardo Montero, en su libro Perú y criollismo, afirma que Manuel murió en 1935 y Ciriaco en 1942 (Citado en nemovalse blog (https://nemovalse.wordpress.com/2014/05/24/teatro-campoamor-de-lima-ano-1935-los-cuatro-criollos-piuranos/).


     En facebook existe una pagina administrada por los descendientes: 
https://www.facebook.com/permalink.php?story_fbid=919178421519719&id=179938892110346


     El artículo del Dr. Enrique López Albújar es el siguiente:

LA CUYUSCA

     Entre los tipos populares de Piura, del último tercio del siglo pasado, ninguno más digno del cronista que el de María Luz Condemarín, más conocida por el mote La Cuyusca, la negra más hermosa y sandunguera que lució por las accidentadas y terrosas calles de esta ciudad su lisura y gallardía. Con su falda de cambray blanco, su paño de Guadalupe terciado bizarramente, su astrakanada cabeza salpicada de aromas y jazmines, sobre la cual descansaba una enorme lapa de golosinas, que semejaba a la distancia el faldudo sombrero de un pirata malayo y el rítmico tremar de sus caderas ampulosas, allá se echaba ella diariamente por esas calles de Dios, derrochando pregones, agradeciendo piropos, disparando indirectas, haciendo fintas con los renegridos ojos a los floretazos que con los suyos le lanzaban sus admiradores y desgranando coplas o bailando un tendero, cada vez que las dádivas de algún antojadizo señorón solicitaba su buen humor e inventiva.

            ¡Cuánta alegría y alborozo sabía despertar esta mujer a su paso!

     Los niños salían atropelladamente las puertas a la voz ensalmadora de su pregón, mientras los jóvenes son-reían y los viejos parábanse a referir por milésima vez alguna anécdota alusiva. Y es que esta mujer, cuyo nombre era en ella una antítesis, resultaba como la personificación de la gracia y picardía criolla, un símbolo de algunas de las virtudes y defectos del bajo pueblo, dicharachero, juerguista, bullicioso, desenfadado y procaz a la hora de la parranda o del jolgorio; sufrido, sobrio y diligente a la hora del rudo batallar por la vida.

     Por eso su presencia era como una detonación, que ponía en alarma los barrios; por eso su mercancía se agotaba a poco de iniciados sus pregones; por eso su orgullo reposteril le salía al rostro después de cada provechosa liquidación, y por eso solía decir ella, cada vez que alguno le demandaba sus servicios para alguna fiesta casera: "Está bien, mi amo. La Luz le va a Ud. a cocinar pero tiene Ud. que pa garle muy bien estas manos, porque manos como las de la Cuyusca, ni pedidas al extranjis.... " Y había que pagarle lo que pedía y tolerarle sus genialidades y franquezas.

        Otras veces, en las grandes crecidas del Piura, cuando éste, caudaloso y turbulento, se desbordaba sobre sus márgenes y ponía en zozobra a la ciudad con sus amagos destructores, La Cuyusca, varonil, arrogante, dominadora, cual una náyade de ébano, iba y venía de una orilla a otra, rasgando las turbias y crespas olas con la pujante proa de su pecho y los poderosos remos de sus brazos, sabuyendo aquí, zapateando allá, sorteando palizadas y remolinos, y ejecutando todo esto entre guapidos y sonoras carcajadas y bajo la muda admiración del público. Para ella el río era como un amante suyo, al que en sus días de cólera imponente le bastaba para desemojarlo echándosele en los brazos .De ahí que ella nunca le temió; de ahí que en los momentos de temor o prudencia no vaciló jamás en echarse al agua, retadora, haciéndose seguir de su tropa de delfines. Y esta actitud suya era indudablemente consiente, pues sabía muy bien, alardeaba de ello, lo que la fuerza del ejemplo puede. Por eso en cierta ocasión eta que una dama linajuda, al verla envuelta y lista a arrojarse desde un barranco, le gritara desde el postigo de su casa: ¡Luz no te tires! ", ella, volviéndose sonriente, lo contestó: "¡No tenga cuidado mi ama!". Y encarándose en seguida a sus compañeros les enderezó esta copla:"

   A todos los nadadores
   soy yo quien los disciplina.
   Sin excepción de persona,
   tirarse todos conmigo.

        Y se tiró intrépida y triunfal. Pero el mérito principal de esta mujer, que agrandó hasta donde era posible su celebridad provinciana, no le provino sólo de su gracia y de sus habilidades culinarias, sino de su propia belleza interior, de esa chispa divina que la llevó a ofrendar, serena y consiente, a sus dos hijos en el ara de la Patria. Fue, entonces cuando Piura conmovido contempló el cuadro hermoso de una mujer analfabeta y hasta ese instante frívola, batiendo el bicolor nacional en los desfiles patrióticos, a la cabeza de las multitudes, escanciando entusiasmo guerrero hasta en los corazones de los nostálgicos y azorados y reclutas. Fue entonces cuando mientras ciertos hombres acaudalados y linajudos escatimábanle a la Patria su sangre y su dinero, ella, detrás de las filas del Batallón Piura, junto a sus hijos, decía al ver a éstos angustiados por la partida:

—Oye, Ciriaco, no me vengas con lloriqueos en estos momentos porque me olvido de que estás en formación y te suelto un par de bofetadas que te hago escupir las muelas.... Y tú, Manuel, lo mismo.... La patria los ha llamado a pelear, y a pelear hay que ir. A ver, si dan ustedes cuenta de una docena de esos rotos del diablo. Conque, fuera penas, que aquí estoy yo también lista para ir a batirme junto con ustedes. ¡Basta, pues, de guara-guas!

Y efectivamente, el Batallón Piura partió una mañana hacia el sur, llevando entre sus filas, alegre, animosa y resuelta, a la popular vendedora María de la Luz, dejando tras de sí una bizarra lección de civismo y el recuerdo de sus pregones picarescos. Pero un buen día el clarín de su voz memorable volvió a repercutir grata mente en el oído de los niños piuranos; el clásico pregón de los picarones " en camisa y sin calzones" y de los bollos y empanadillas "de huele boca" volvió a soliviantar a las parvadas colegialescas. Era la voz de La Cuyusca, que, de vuelta del gran desastre, tornaba a la explotación del viejo y añorado oficio, pero no ya la mujer aquella, que, al anunciar su mercancía, ponía en cada pregón toda la sal de su gracia africana, todo el ardor de su pecho exuberante y pletórico. Se diría que una emoción honda y fuerte le había afelpado las agudas cuerdas de su voz.

 Aquel pregón retador como el canto de un gallo de "Los buñuelos picarones" no era ya el mismo, ni en la entonación ni en la letra. La frase con que lo finalizaba “para Valdivia ladrones" había sido sustituida por esta otra: “para allá abajo ladrones". El horror de la derrota y la fiereza del odio habían matado para siempre en sus labios aquella Ingrata palabra.

¿De dónde resultó rebautizada esta mujer con el mote de Cuyusca?

Don Manuel Antonio Arca, un señor sesentón, que por la época en que yo hacía novillos, hacía él su negocio de aguardiente y las delicias de los corrillos señoriles, y que más que Arca era un archivo en lo de saber la vida y milagros de esta tierra piurana, quedóse un día mudo y pensativo ante esta intempestiva pregunta mía:

—¿Sabe Ud., don Manuel, de dónde le viene el mote de La Cuyusca?

—El señor de la inevitable levita negra y los zapatones de ante, se echó el sombrero de masón atrás, enarcó las jabalinas cejas, escupió al aire y después de un nervioso restregamiento de manos, se limitó a mover la cabeza negativamente. ¡Don Manuel Antonio tampoco lo sabía. Lo había cogido en una falta imperdonable. ¿Era posible semejante enormidad? ¡Y las columnas del patio de mi Casona no se habían estremecido!... ¡Y las campanas de la ciudad no habían clamoreado!... ¡Y el cerúleo dosel del firmamento no se habla desgarrado y ensombrecido!...

Y no sólo no lo sabía, sino que su boca, esa boca sardónica y sutil, de la cual saliera a chorros el génesis de muchas cosas, y el evangelio de muchas vidas, no llegó a modular siquiera una palabra. Sin quererlo, sin presumirlo siquiera, la flecha disparada por mi curiosidad infantil había venido a herir en pleno talón a este Aquiles del chisme y de la anécdota. Y durante muchos días el buen don Manuel Antonio, pareció esquivar mi encuentro. Y cuando a la hora de la cotidiana tertulia de mi abuelo Agustín, ideando a cada instante pretextos entraba y salía yo por el zaguán deseoso de coger al vuelo alguna frase preñada de intención o malicia, don Manuel apenas si se dignaba mirarme soslayadamente, actitud que me anonadaba y me incitaba a provocar una explicación. ¿Le habría disgustado mi pregunta? ¿Por qué?... Todo me ha hecho presumir después que esa manera de mirarme no era más que la expresión de un amor vencido. Pero don Manuel debió tener, en medio de esta derrota, un consuelo: el de que nadie, absolutamente nadie, supo, ni antes ni después de él, responder a mi pregunta. Fue necesario que yo mismo me la diera, que la casualidad, esta buena diosa a quien la humana ciencia lo debe el descubrimiento de muchas grandes verdades y enigmas, pusiera delante de mis ojos, en forma de intencionada copla, el origen del mote más popular, más sonado y más evocador de la Aldea. Y para descubrirla tuve que desempolvar archivos, sufrir el olor acre e irritante de los viejos infolios, exhumar ingenuas crónicas y epistolarios, y soterrar mis manos en las amarillentas y nauseantes colecciones periodísticas, en una de cuyas hojas, titulada "El Sol" (no el de Leguía y Martínez sino el de Monsalve) encontré en el número 338 del año de 1866 y en la sección destinada a la crónica, el siguiente suelto, que fielmente trascribo:

"Incendios—La casa del profesor en música Huamán, fue presa de las llamas ha cuatro días. Débese al pronto auxilio de la policía y de otras personas, el que se extinguiera en pocos momentos: la heroína a prestar sus servicios, lo fué la Cuyusqui, que, con hachuela en mano ayudó a vencer el devorador elemento entonando, según nos dicen, el antiguo versecito:

Genitivo cuyusqui,
dativo cuique;
el juez de las injusticias
que se lo aplique,
que se lo aplique,
que se lo aplique!”

Y tanto habría de repetir la María de la Luz la coplita aquella, tomada seguramente de algún tondero en boga, llamado El Cuyusqui (tal como El Culén y El Quisquis) que el pueblo, consagrador oportuno e implacable, concluyó por rebautizarla con el mote.

Enrique López Albújar.













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