sábado, 2 de junio de 2018



LA LLEGADA DEL VALS AL PERÚ[1]

Luis Salazar Mejía

                En el presente trabajo, utilizando escritos de viajeros que estuvieron en el Perú la primera mitad del siglo XIX, escritos que no han sido tomados como fuente en ninguna investigación a pesar de que algunos historiadores como Basadre y Núñez llamaron la atención sobre la importancia de sus relatos, se va a documentar la llegada y difusión del vals en el Perú en la primera mitad del siglo XIX, llegada que se produjo no sólo a Lima o Arequipa, como se creía, sino que ya en esa época el vals era bailado en casi todo el Perú. Esperamos que esto ayude a entender mejor las dinámicas de construcción de identidades y los cambios en la utilización del vals como elemento distintivo y diferenciador de los grupos sociales a las que este género ha estado sujeto desde ese entonces.

En la historiografía de la música peruana existen numerosos vacíos de investigación. Uno de esos vacíos está relacionado a un género musical que siendo creado en el extranjero se peruanizó conservando su nombre: El vals. Esta transformación fue producto de un largo proceso que no ha sido debidamente documentado. En los primeros estudios sobre el vals, en la década del 70, se acuñó  la idea, de que el vals llegó a Lima a mediados del siglo XIX (Santa Cruz 1977, y otros).  Recientemente se han publicado dos textos relacionados con el vals (Llorens y Garrido 2009; Borras 2009), pero ninguno aborda el período de gestación del vals, sino más bien estudian el vals a partir de fines de siglo XIX y de principios del siglo XX. Para tratar de cubrir ese vacío se ha recurrido a  los escritos de diversos viajeros que estuvieron en el Perú en el período señalado, los que han sido ordenados de manera cronológica. El lector interesado en profundizar el tema puede remitirse directamente a ellos.

El vals, cuyos orígenes se remontan a danzas campesinas alemanas y/o francesas del siglo XVIII como el ländler y la volta, se adueñó de los salones europeos en el siglo XIX y a partir de entonces comenzó a  expandirse al mundo entero. Según Hugo Riemann: “la fuerza de penetración del vals tiene una relación directa con las repercusiones sociales de la revolución francesa y de la reestructuración sociohistórica del siglo XIX” (En  Hess, 2004, p. 63).

También fue a  comienzos del siglo XIX que el  vals tomó características nacionales. Se distinguía el vals francés, el vals alemán y  también el vals español, aunque la jota fue muchas veces confundido con el vals. Ese, o esos, fueron los valses que llegaron al “Nuevo Mundo”.

El vals llegó a América a principios del siglo XIX. Carlos Vega, musicólogo argentino, en su obra El origen de las danzas folclóricas, cita testimonios  sobre el vals que se  bailaba en Buenos Aires entre 1804 y 1806 (Vega, citado en Hess, op.cit, p. 128). Por otro lado, tenemos el relato de viajes del inglés  William Stevenson, quién estuvo en Chile, Perú y Ecuador entre 1804 y 1824.  En 1808, en Guayaquil, escribió lo siguiente:

“En especial el baile es una diversión que gusta a las personas de toda posición social, y en la noche no faltan arpas, guitarras o violines que hagan oír sus ritmos en casi todas las calles de la ciudad;  a diferencia de lo que se podría esperar en una ciudad de los trópicos, la gente aquí prefiere los valses y los bailes escoceses a cualquier otro tipo de baile. (Stevenson, 1994, p.366).
     
Stevenson estuvo en Lima y recorrió la costa peruana desde Lima hasta el Ecuador, Cajatambo, el Callejón de Huaylas, Conchucos, Huamalíes y Cajamarca, pero no menciona el vals, sino otras danzas. ¿Es que no se bailaba el vals en el Perú de entonces, o no tuvo oportunidad de observarlo? No podemos dar una respuesta a esa pregunta aunque nos inclinamos a creer que, si el vals ya se bailaba en Argentina y Ecuador, era muy probable que también se bailara en el Perú, sólo que Stevenson, no lo vió bailar (Los viajeros como él no investigaron sobre la música y/o danzas sólo describían lo que veían en sus viajes).
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Oscar Flores Calderón, autor del libro Historia y belleza del criollismo afirma que en 1814 se creó el vals “Cadenas de amor” con versos fraccionados de Melgar y música de Emiliano Condeso (Flores, 1991, p. 27). Lamentablemente Flores no cita la fuente de donde ha obtenido ese dato; más adelante, en la pequeña biografía de Melgar que se encuentra en su libro, dice que Emiliano Condeso “sacó a luz el vals “Cadenas de amor” en 1820 y que existe una edición del año 1879 en la biblioteca Lilly de la universidad de Indiana (ibíd., p. 116).

En 1946, En “Fénix”,  Revista de la Biblioteca Nacional del Perú, se informó del donativo de una copia fotostática del manuscrito inédito del presbítero, nacido en Tenerife, Antonio de Pereyra y Ruiz quién fue Sacristán Mayor de la catedral de Arequipa y que en 1815 escribió estas líneas sobre los arequipeños y el vals:

“La disposición para la música y el baile  es buena pero no progresan en esto por falta de maestros. Sin embargo, el Minué, el Wals, el Bolero, el Zapateo, el Rin, la Contradanza y otros báyles de Europa, los báylan bien, pero nunca dan a su cuerpo la elegancia que en los báyles propios del país.” (Fénix 1946, p. 822)
                Manuel Acosta Ojeda, en un artículo sobre el vals (Ojeda 1997), citó este documento, aunque, como parecía un documento aislado, no se le otorgó  importancia alguna; pero, como veremos más adelante, el vals, se bailaba no sólo en Arequipa, sino también, en Cuzco, Puno y también en Lima.

                La declaración de la independencia en Lima, el 28 de julio de 1821, causó júbilo en gran parte de la población limeña, lo que fue celebrado con bailes organizados por el cabildo y por el mismo San Martín; testigo presencial de ello, el viajero inglés Basilio Hall escribió lo siguiente:

Por la noche San Martín dio un baile en palacio, de cuya alegría participó el mismo cordialmente. (…) En palacio, la noche del domingo estaban las “tapadas” algo más adelante que de costumbre, pero en el baile del Cabildo, dado con anterioridad, la parte inferior del salón estaba llena de ellas. (Hall, 1950, p. 27)
                Se sabe que para estos festejos fue contratada una orquesta dirigida por Fray Cipriano Aguilar a quién se pagó la suma de 127 pesos;  también se pagaron 25 pesos al argentino Matías Sarmiento, músico mayor del regimiento Nº 8, del Ejercito Libertador “para ser distribuidos entre los músicos que tocaron el 28 de julio” (Gamio, 1971, pp. 318,323). ¿Cuál fue la música en esa ocasión? ¿El vals estaría presente en esos bailes? Aunque no se puede dar  una respuesta definitiva a esa pregunta, desde nuestro punto de vista creemos que sí.

El relato del viajero inglés Robert Proctor, quien llegó a Lima en mayo de 1823, puede ayudarnos a tener idea de cómo eran los bailes en esos años. Proctor, el 25 de ese mes asistió a uno dado por los argentinos residentes en Lima con motivo del aniversario de la independencia de su patria. A este baile asistieron los militares de todas las naciones que en ese momento estaban en esta ciudad. El relato es el siguiente:

“Las danzas españolas eran muy elegantes y los nativos generalmente tienen mucha gracia. Las parejas se colocan al estilo inglés antiguo pero el compás es de vals lento y las figuras son mucho más variadas  y complicadas. La música en esta ocasión a cargo de la banda del regimiento del Río de la Plata, era como pocas veces he oído mejor y aunque consideramos difícil para ejecutantes en instrumentos de cobre tocar tanto tiempo, sin embargo, estos músicos no solamente lo hicieron con facilidad, sino que también tocaban marchas en los intervalos. (…) Después de la cena se reanudó el baile, que continuó hasta el día.” (Proctor, 1998, p. 97)
Dos años más tarde, en Arequipa, en los bailes que fueron parte de la celebración de la independencia y del triunfo patriota en Ayacucho, el vals estuvo presente. Henrich Witt, viajero alemán que permaneció en el Perú desde 1824 hasta 1890, estuvo en esa ciudad durante las celebraciones y escribió lo que sigue:

“En el curso de este año se dieron muchos bailes en Arequipa, con el fin de celebrar la reciente independencia, así como para honrar a Bolívar y al ejército colombiano; yo asistí a todos ellos, incluso al que se ofreció al Libertador, en el techo de una hilera de casas que forman uno de los lados de la Plaza Mayor, al no haberse encontrado otro lugar lo suficientemente grande para albergar a todos los invitados. Me convertí en un perfecto adepto al lento vals español y, poco a poco, superé las dificultades de los bailes nacionales españoles.” (Witt, 1992, p. 77)

                El sábado 9 de diciembre de 1826, segundo aniversario de la batalla de Ayacucho,  Witt se encontraba visitando la ciudad de Puno y vio que “las damas y caballeros de Puno, estaban bailando en la plaza, (…). El retrato de Bolívar se encontraba bajo un pabellón y todo el tiempo los indios infatigables, caminaban y bailaban por las calles.” (Op. Cit.:115). Continúa su relato el domingo 10, con las siguientes palabras:

“Después de almorzar en la casa de Don Crowley asistí a un baile dado en la Prefectura. Aquí por supuesto estaba reunida la aristocracia de Puno, pero como ya mencioné más de una vez, entre las damas no se veía ni una sola cara bonita (…). En el salón destinado para el baile, el retrato de Bolívar colgaba de un pabellón y la habitación adyacente era para los caballeros (…). Los bailes fueron como de costumbre danzas españolas y valses; esta vez me aventuré a buscar una compañera para bailar vals y pienso que nadie debió tener queja sobre mi desempeño”. (ibíd., p. 116)

                En 1827 visitó Cerro de Pasco y Huánuco y por sus relatos sabemos que en esas ciudades  ya se bailaba el vals. El 15 de noviembre se encontraba en Cerro de Pasco y después de visitar los socavones de las minas de Yauricocha escribió:

“(…) Cuando regresamos, vimos que en casa de Francisco Vidal continuaban bailando y ya era como la media noche cuando entramos. Francisco de Paula Otero, primer Prefecto de Arequipa y en ese entonces del departamento de Junín, había llegado hacía algunos días y daba este día una cena, después de la cual Vidal había invitado a los asistentes a su casa. Me pareció que las mujeres que estaban presentes no eran de lo mejor, en mi opinión; tal vez dos o tres eran verdaderas damas, otras se me dijo que eran mantenidas como queridas y las demás pertenecían a un nivel todavía más bajo en la escala de la sociedad. Bailé un vals y un baile del país”. (ibíd., p.187)

Tres días después asistió a una cena donde bailó bailes típicos y un vals:

“A las 5 pm fuimos a casa de Francisco Vidal donde se había reunido un grupo de más o menos 20 damas y caballeros para cenar. (…), Miguel Rivas se sentó al piano, otro invitado tocó la flauta y estábamos de tan buen ánimo que nos paramos a bailar un baile típico; doña Teresa, la pareja de Vidal, era la única dama. Con ella bailé un vals y ambos llevamos bien el paso; no nos retiramos sino hasta que estuvimos completamente exhaustos, lo que aquí, donde el aire está tan enrarecido, ocurre mucho antes que en la costa”. (ibíd., p. 188)

Witt, viajero incansable, continuó su periplo y el 24 de noviembre llegó a la ciudad de Huánuco. El jueves 29  antes de continuar viaje escribió:

 “(…). Las Medrano nos había (sic)  hecho una cachasparri o fiesta de despedida. (…); los músicos consistían en dos violinistas y un guitarrista; teníamos ponche helado y mistela de canela, un licor dulce con sabor a canela, ambos traídos por Adalid. Moore y yo nos desvivimos en atenciones cada uno con su escogida; bailamos valses, danzas españolas e incluso danzas del país y era ya la medianoche cuando nos fuimos. No necesito agregar que nos entretuvimos divinamente”. (ibíd., p. 199)

Witt continúa su relato el Viernes 30, en la hacienda Quicacan, allí describió unos músicos que ya en ese entonces tocaban el clarinete y ejecutaban valses:

“ (…). Tan pronto como se recogió la mesa entraron dos hombres que empezaron a tocar el clarinete y a tocar valses, tan mal, que era difícil estar seguro de lo que eran. Dansay dio evidentes signos de su deseo de partir, lo que yo no tenía ganas de notar; por el contrario bailé valses con Agueda, luego con Andrea” (ibíd., p. 200)

Witt estuvo en el Cuzco los primeros días de febrero de 1828. Ahí, poseedor de buenas cartas de recomendación,  alternó con las principales familias de la ciudad. El martes 12 de ese mes, asistió a una fiesta en la casa de doña Eulalia Camara y escribió lo siguiente:

“Muchos de los caballeros presentes tocaban diversos instrumentos. Horas más tarde llegaron músicos y comenzamos a bailar bailes como la contradanza y el lento vals español; en ambos Moore y yo estuvimos perfectos, por lo que no tuvimos temor a alternar con los nativos; a la 1 am pasamos a otra habitación donde nos sirvieron sorbetes y otros refrescos. En resumen, desde nuestra partida de Lima no habíamos asistido a una fiesta tan bien dada y por esto regresamos a casa muy complacidos”. (ibíd., p. 257).

                Una semana después, continúa relatándonos sus reuniones con la alta sociedad cusqueña:

“Con nuestros conocidos los Piérola fuimos donde los mismos Barrela que el domingo anterior habían dado una fiesta. Poco a poco se reunió un gran grupo, y entre ellos ciertamente una gran proporción de jóvenes y hermosas damas. Me sentí muy a gusto y bailé todos los valses y danzas del país, de los que, para mi gusto hubo muchos”. (ibíd., p. 262)


Unos años más tarde, Eugène de Satigues, viajero francés, que estuvo en Arequipa en la misma época que Flora Tristán, escribió estas líneas, en 1834:

“Me acordaré siempre de un baile dado en gran parte en honor mío. (…) comenzó el vals y quise valsar a la alemana, como se baila en todas partes en Europa. Mi compañera, después de tres o cuatro saltos fuera de compás, declaró sin aliento que jamás había oído hablar de un movimiento de vals tan violento y que le era completamente imposible seguirme. A propósito de esto me hicieron muchas preguntas sobre el vals en Europa y me rogaron valsar como en París. Una señora más valerosa que las demás se decidió a servirme de pareja y empezamos. No habíamos recorrido la mitad del salón cuando mi compañera se detuvo de improviso y se sentó en un sillón riendo a carcajadas. Los espectadores hicieron coro y yo con ellos de buena gana. Su vals es muy lento, con muchos contoneos y está enriquecido con toda clase de movimientos de los brazos y de los hombros”. (Sartigues, 1947, pp. 13-14).

                El documento del que se tenía conocimiento y se creía el más antiguo sobre el vals en Lima, es un artículo aparecido en “El Comercio” del 2 de octubre de 1839. En él se describe una fiesta dada por el general La Fuente el 24 de setiembre, día de la fiesta de la Virgen de las Mercedes, en la que se bailó la “valsa alemana”:

“(…) A las 9 estaban poblados todos los salones de las personas de ambos sexos vestidos con elegancia, y ya alternaban las vistosas contradanzas nacionales, con la alegre y rápida valsa alemana.” (Citado en del Águila, 2003, p. 116)

Finalmente  tenemos los escritos de Paul Marcoy (alias Lorenzo Saint Cricq), otro viajero francés que recorrió el sur Perú dejando amenos relatos. Uno de ellos da cuenta de una fiesta realizada en una hacienda en Lauramarca (Quispicanchi, Cuzco), en 1843, con motivo de celebrar a Nuestra señora de las Nieves, patrona de Luaramarca donde bailó  valses:

      “(…) nuestras vecinas lanzaban miradas furtivas a una guitarra colgada de la pared, algunos de nuestros compañeros, adivinando su pensamiento, les ofrecieron galantemente el apoyo de sus brazos para dar una vuelta de vals, ofrecimiento que pareció colmar todos sus deseos.
Durante más de una hora, valsadores y valsadoras giraron a cuál mejor, no interrumpiendo su movimiento circular más que para secarse la frente y vaciar la copa. Pasado este tiempo, habiendo sido declarado por unanimidad el vals demasiado rígido y afectado para satisfacer la necesidad de movimiento de que todos parecían desposeídos, se lo sustituyó por la danza del país como más movida. Desde el Maicito hasta la Moza mala, desde el Zambacueca hasta el Pajarito, todo el repertorio local fue pasado en revista para mayor alegría de nuestras chacareras, que declaraban divertirse como locas.” (Marcoy 1941, tomado de El Perú visto por viajeros Tomo II, 1973, p.63. PEISA, Lima).
               
                Como se desprende de lo expuesto, el vals ya era bailado en el Perú  en la primera mitad del siglo XIX en reuniones sociales de la aristocracia. En los escritos de los viajeros, el vals, o los diferentes valses, se distinguen de las danzas nacionales y es todavía mucho después que se comienza a hablar del “vals peruano” (con esa denominación se publicaron una serie de valses en la década de 1870). A parte de estas referencias, no se ha podido ubicar ninguna  partitura que hubiera podido darnos idea de cómo era la música de  esos valses.  No nos atrevemos a afirmar que los valses se transmitían sólo de manera oral a pesar de que como  hemos señalado sólo se conocen partituras para piano de la década de 1870; en cambio, sobre la manera de bailarlos, ya en esa época llamó  la atención de los viajeros el hecho que  algunos lo bailaran diferente: “enriquecido con toda clase de movimientos de los brazos y de los hombros”.

En el Perú el vals parece haber seguido un camino inverso a su difusión en Europa, donde de danza campesina se transforma en el baile de los grandes salones. En nuestro país, de bailarse en las reuniones de los aristócratas y terratenientes provincianos y en los bailes de los altos mandos militares y diplomáticos extranjeros en Lima, el vals, sin abandonar las altas esferas, pasó a bailarse entre los sectores populares y se transformó en “vals peruano” y en Lima, en “vals criollo”. Pero esa transformación es ya materia de otro artículo.

Lima, marzo de 2010

luissame@hotmail.com



BIBLOGRAFÍA

ACOSTA OJEDA, Manuel (1996)  “Del Waltz al valse” En Caretas Nº 1438, 31.10.1996 pp. 57,58, 81, Lima.

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GAMIO PALACIO, Fernando (1971) La municipalidad de Lima y la Emancipación 1821. Concejo Provincial de Lima.
HALL, Basil (1950) Con el general san Martín en el Perú.  Yapeyu, Buenos Aires.
HESS, Remi (2004) El vals: un romanticismo revolucionario. Paidos, Buenos Aires.

LOSTAUNAU, Alejandro (1946) “El desconocido manuscrito de Pereyra y Ruiz sobre Arequipa” En “Fénix” Revista de la Biblioteca Nacional del Perú. Nº 4, pp. 813-838, Lima.

LLORES, José y CHOCANO, Rodrigo (2009) Celajes, floresta y secretos: una historia del vals popular limeño. INC, Lima.

MARCOY, Paul (1941) Viaje por los valles de la quina. Austral,  Buenos Aires.

PROCTOR, Robert (1998) Narraciones del viaje por la cordillera de los Andes. El elefante blanco, Buenos Aires.

SANTA CRUZ César (1977) El Waltz y el Valse criollo. INC, Lima.

SARTIGUES, Eugene de (1947) Dos viajeros franceses en el Perú republicano. Editorial Antártica, Lima.

STEVENSON, William Bennet (1994) [1825] Narración histórica y descriptiva de 20 año de residencia en Sudamérica. Ediciones ABYA – YALA, Ecuador.

WITT, Heinrich (1992) DIARIO 1824 – 1890 Un testimonio personal sobre el Perú del Siglo  XIX Volumen I (1824 - 1842). Banco Mercantil, Lima.






[1] Este artículo fue publicado en marzo de 2010 en la página web "Boletín de New York", la que actualmente no está disponible, por lo que lo vuelvo a publicar como fue escrito.

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